Titiriteros en el mundo de la Empresa

 

“Se denomina titiritero a la persona que construye títeres y los maneja en las representaciones teatrales. El titiritero define las características así como el estilo de las marionetas que quiere fabricar. Escoge los materiales para su confección en función del tipo de marioneta. El titiritero diseña el contenido de la representación basado en historias, cuentos o tradiciones populares o bien en argumentos de su propia invención. Escribe el guión de la representación y lo adapta a los muñecos de que dispone. Busca y selecciona otros objetos o materiales que serán utilizados por los muñecos en el desarrollo de la obra. Pinta el fondo de escenario y lo decora. En el momento de la representación, provoca su movimiento manejando los hilos, cables o varillas de las marionetas.” (Fuente: Wikipedia)

Una de las consecuencias de que en Recursos Humanos las barreras de entrada sean tan bajas es que no es difícil encontrarse personas o empresas empeñadas en explotar la aparentemente inagotable capacidad del mercado para absorber teorías o productos en forma de herramientas, metodología o libros que, como el bálsamo de Fierabrás, solucionan mágicamente todos los problemas planteados en la gestión de personas.

No es muy lejano el tiempo en que una organización ofrecía tarifa plana en sus procesos de selección, un prodigio del diseño de servicios low cost, no limitado al reclutamiento, que explica por qué la ejecución de muchos proyectos está en manos de personas con una alarmante falta de criterios. Como no hay un modelo de criterios de calidad, que garantice las buenas prácticas, todo vale.

El proceso defensivo para abordar la enorme reducción de márgenes que están sufriendo muchas compañías de consultoría, y que va a acabar con una limpieza enorme del mercado, sólo se justifica por el proceso miope de tantas empresas que están dispuestas a tragar con el todo a cien en lo que se refiere a sus empleados.

No es extraño, pues la gente de recursos humanos somos un colectivo muy sensible a las modas: antes lo fueron las de las competencias y el talento, ahora lo está siendo el de la felicidad en el trabajo, y a saber cuál será el próximo. Conceptos útiles, conceptos necesarios, pero pervertidos por el uso, exprimidos hasta la sociedad por malabaristas del lenguaje y los alquimistas de la conducta. No hablemos del coaching. Probablemente una de las técnicas más útiles de desarrollo profesional, abordada como la tabla de salvación por una legión de aficionados, unos cuantos de ellos -que son a los que critico- difícilmente cualificados, que van a lograr denostar el concepto más pronto que tarde.

De todos estos personajes, los titiriteros o pseudogurús encarnan en su mayor expresión todas las cualidades, sean estos de primera, segunda o tercera División. Son grandilocuentes y rotundos en sus diagnósticos. Atesoran un conocimiento infalible, por el que exigen grandes pecunios y lo administran en pequeñas dosis. Tan pequeñas que, si aspiras a la perfección, has de pagar aún más, mucho más, por el strip tease intelectual que supone derramar la esencia de su conocimiento en tu empresa. Y estos, al menos, te seducen. Los de tercera División han encontrado un mantra que repiten, literalmente, que para eso son de tercera, hasta que se agota la audiencia. O bien copian descaradamente, y con un peor envoltorio, o con cierto retraso en el tiempo, los eslóganes de moda. Y abrazan los nuevos conceptos con un entusiasmo encomiable…qué envidia produce su capacidad para conocer y dominar en tiempo récord los modelos más novedosos.

Como en el caso de los programas de telerealidad, el debate podría centrarse en quién es más culpable, si la cadena que emite el programa, o los muchos espectadores que están dispuestos a verlo.

Otro día hablaré de los buenos, de los que ayudan, de la atención personalizada, profesional, de la visión de las relaciones a largo plazo y de la verdadera confianza. Hoy toca esto, la crítica y la autocrítica, pero sin alarmismo, porque esto no es nuevo, sabiendo que alguien anticipó hace más de 400 años conversaciones que todos nosotros hemos tenido alguna vez.

“-Todo eso hubiera sido bien excusado -respondió don Quijote- si me hubiera acordado de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con solo una gota se hubiera ahorrado tiempo y medicinas.


-¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? -dijo Sancho Panza.

Es un bálsamo -respondió don Quijote- del que tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar en morir de ferida alguna. Y así, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes de que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajarlo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana.
-Si eso hay -dijo Panza-, yo renuncio desde aquí al gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuestra merced me dé la receta de ese extremado licor; que para mí tengo que valdrá la onza adondquiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es de saber ahora si tiene mucho costo el hacerle.

-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres -respondió don Quijote.

-¡Pecador de mí! -replicó Sancho-. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacerle y a enseñármele?

-Calla, amigo -respondió don Quijote-; que mayores secretos pienso enseñarte y mayores mercedes hacerte; y, por ahora, curémonos, que la oreja me duele más de lo que yo quisiera.”
Fuente:
excellencemanagement

 

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