¡Porca miseria!

basura

A todos nos gusta vivir en un lugar lo más sano posible. El gusto generalizado por la limpieza y el perfume viene desde muy antiguo. A nadie le gusta convivir con los residuos que produce, ni permanecer en sitios donde se respira un aire hediondo. Residuos y olores pestilentes suelen estar juntos. Por eso, las personas intentan evitarlos como sea.

Los romanos construyeron un sistema de cloacas para hacer más habitable la capital del Imperio. Las grandes tinajas que traían el aceite de la Bética terminaban rotas, formando grandes montañas de cascotes fuera de la urbe. Eran maneras de quitarse de en medio algunas incomodidades.

La llegada de los bárbaros enterró muchos avances de la civilización decadente con la que acabaron. Pero no desterró la costumbre de las personas de vivir en un lugar sano. Nadie quería vivir en entornos inmundos. Durante muchos siglos, los habitantes de las urbes arrojaban los residuos de sus casas a la calle. Los campesinos los confinaban en lugares apartados de la población. Los excrementos de los animales se retiraban de calles y establos y acababan fertilizando los campos.

La insalubridad que llenaba las calles de las grandes urbes trajo consigo la aparición frecuente de la peste, que diezmaba las poblaciones. Los sahumerios con los que se pretendía combatirla no surtían efecto, pero creaban un ambiente callejero más agradable.

Bien entrada la Edad Moderna, algún galeno ilustrado pensó que la retirada de residuos de las urbes podía ser la solución al problema de la inmundicia. Los mandatarios promovieron esa práctica y vieron cómo algunas epidemias remitían. En algunas ciudades, autorizaban a los campesinos de los alrededores a recoger los restos de las calles para abonar sus campos.

Y muchas personas fueron viviendo en ambientes cada vez más pulcros. Pero no todas. Aún hay mucha gente que no posee nada en este planeta, ni siquiera el cielo que mira y la tierra que pisa. Rebuscan cualquier alimento que llevarse a la boca en los basureros. O hurgan entre los restos, con la esperanza de encontrar algo que puedan vender por unas monedas y les dé de comer. Arriesgan su salud y su vida por no morir de inanición. ¡Qué crueles, despiadados e inmisericordes somos los que estamos en el otro lado con nuestros congéneres!

Un visionario de las nuevas tecnologías de hace dos siglos construyó un horno eléctrico, capaz de fundir la chatarra y convertirla en acero de primera calidad. Si se daban ciertas condiciones, el coste de producir una tonelada de acero era sensiblemente más barato que el de un alto horno, en donde se precisa mineral y carbón para separar el metal de las impurezas. El horno ya no se alimenta de la mina, sino de pequeñas cantidades de chatarra que se generan aleatoriamente en los sitios más insospechados. Llevarlas al horno exige una red de recogida que termina en un depósito situado estratégicamente, en donde se acumulan grandes cantidades de material que parten hacia la acería.

Las mismas razones han conducido a fabricar papel y vidrio a partir de si mismos, una vez que se han convertido en residuos.

Allá por la década de 1960, los chavales les hacían los recados a sus madres. Cuando quiera se les veía camino de la tienda de comestibles con botellas vacías, y poco después, con las mismas botellas llenas de vino, gaseosa o aceite. Romper un casco era poco menos que un sacrilegio, por el alto coste de la herramienta de transporte y manipulación de líquidos. Ser dueño de uno permitía pagar un precio razonable por el contenido, ya fuera siempre el mismo u otro idéntico. El intercambio de botellas resultaba muy cómodo para el consumidor, quitaba trabajo al tendero y garantizaba la venta de un producto en perfectas condiciones higiénicas y sanitarias. Los repartidores locales de líquidos envasados apenas trabajaban algo más al retirar los envases vacíos, pues estaban obligados a volver al punto de partida.

Los avances en la tecnología del envase acabaron con esta práctica en las tiendas. Sin embargo, pervive en la hostelería.

En aquellos tiempos también se practicaba el milk run, stricto sensu en la distribución física de las ciudades. El sonido temprano del timbre anunciaba la llegada del repartidor con sus botellas llenas de leche, ordeñada de víspera, que canjeaba por otras vacías.

Y qué decir del hombre vestido de naranja que, viendo una bombona al pie de la calle, paraba su camión, descargaba una y era capaz de subirla al hombro hasta un cuarto piso sin ascensor. Después de tamaño esfuerzo, manejaba las vacías con dos dedos de una mano.

Vivir en una isla tiene sus limitaciones. Sus habitantes están aislados de otras tierras y gentes próximas, por el mar y las ideologías, como Cuba. Dicen que la Revolución paró el reloj del progreso, pero no pudo con los ingenios ni el ingenio.

Posiblemente, Cuba es la nación con más ingenieros no titulados del mundo. La prueba está en la cantidad de coches antiguos, de máxima categoría otrora, que todavía circulan por sus carreteras. El ingenio de las gentes ha resucitado coches que en otros pagos se habrían dado por muertos ante ciertas averías. Ellas, con mucha inteligencia y muy pocos medios, supieron reparar los fallos y hacer que sus coches duren, duren, y sigan durando, sin tener que ponerles pilas desde hace más de sesenta años.

Las madres de aquellos chavales que hacían los recados estaban ansiosas por coger el sobre que les traía el marido todos los sábados a mediodía. Lo poco que contenía tenía que dar para sacar adelante a la familia.

Los primogénitos de cada sexo eran los únicos que estrenaban ropa, calzado y libros; los hermanos menores tenían la suerte de heredar en vida…la ropa, los zapatos y los libros que estrenaban los mayores. La ropa era elástica, pero los tejidos no; se estiraba a base de remiendos caseros. Las zapaterías no vendían todos los pares que querían, porque los maltrechos zapatos cobraban nueva vida tras pasar por las manos de un zapatero remendón que les ponía nuevas suelas y tacones. Los libros se volvían como los ancianos: con el tiempo rezumaban más sabiduría de sus hojas amarillentas, curvadas por las esquinas y llenas de notas aclaratorias y soluciones a los problemas que sus amos anteriores habían grabado.

Todo duraba hasta no poder más.

Estos recuerdos del pasado tienen un denominador común en el fondo. Todos tratan sobre residuos: objetos que han agotado su vida (están muertos), perdido su utilidad en algún momento de su vida (se les da por muertos) o, simplemente, estorban y se les quiere condenar al ostracismo. Han querido imitar y superar las siete vidas que dicen tener los gatos, sabiendo que en alguna ocasión morirán para siempre y quedarán sepultados en un vertedero o serán pasto de las llamas. Antes de llegar a tan fatídico destino, han resucitado, recuperado su valor y vuelto a ser lo que eran; o se han transmutado y viven felices en otro objeto nuevo.

En todos los casos, los pobres residuos han hecho un viaje en la clase más barata hacia el destino. A unos los han transportado en un medio dedicado exclusivamente para ellos. Otros han tenido que viajar en transporte colectivo hasta un punto de transbordo, en donde esperan la llegada de otro medio de transporte que les lleve a otro punto de transbordo o a su destino previsto.

La sociedad empujaba a sus estratos más bajos, los menos favorecidos y cualificados, a trabajar en estos menesteres. Las profesiones de chatarrero, basurero o ama de casa no estaban bien consideradas. El arte y la técnica que tenían que desplegar diariamente sus practicantes no tenían ningún reconocimiento, a pesar de estar ejerciendo la Logística, una logística extraña que ahora se llama Inversa.

La Logística Inversa ha tenido un desarrollo espectacular en las últimas décadas, impulsada por la conciencia general de que los muchos recursos disponibles no son infinitos y pueden agotarse. A ojos de la mayoría de la gente, está confinada en un reducto en el que solo unos pocos especialistas se desenvuelven con soltura. La Logística Inversa sigue siendo una gran desconocida para los profesionales de la Logística. Aún así, la disciplina y sus profesionales tienen un futuro muy halagüeño. Le queda mucho camino por recorrer hasta alcanzar a su hermana mayor, la Logística, que sigue avanzando sin pararse ni mirar atrás.

¡Ah! La Logística Inversa también acoge en su seno a las devoluciones de mercancías. Y lo peor y más triste de todo es que negamos una oportunidad de vivir a los millones de personas que comen de ella.

Fuente: https://loypro.wordpress.com

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