El talento del silencio

Me acerque a la cama de mi padre creyéndome mayor y con un afán justiciero y desafiante le reproché su silencio, sus pocas palabras, su falta de dialogo, y creí quedarme satisfecho ante su perpleja reacción enmudecida, pero el tiempo me demostró lo contrario y ese alarde de rebeldía, tal vez justificada, se transformó muchos años más tarde en el principio de esta redacción. Aprendiendo que el silencio también es espacio, es presencia y paciencia, es respeto, es cuidado, es aprendizaje y también amor, solo que en aquellos días para mí se vestían de distancia y frialdad de una manera rara. Y las ecuaciones inestables de la vida me demostraron lo sabio y valiente que hay que ser en determinadas circunstancias para poder llevar ese silencio a la cúspide del talento a pesar de todo.

Paralelamente soy un convencido que la palabra es uno de los mayores inventos de toda la humanidad, es el puente perfecto y un alimento completo y aborrezco a quienes se han encargado o se encargan de desenterrarlas, mutilarlas y amordazarlas. También soy consciente que es un arma ciega capaz de lo mejor y de lo peor, la mejor reflexión borgiana o uno de los mayores insultos de la historia universal como fue la propaganda de Paul Goebbels.

 

Puede llegar a  ser la eternidad expresada en palabras hacia un ser amado, pero también ausencia como un vacío agónico que sufre el desamado. Puede también llegar a ser reconocimiento por el esfuerzo realizado en un trabajo, por la tarea bien hecha, pero también transformarse en ignorancia lapidaria de un mal manager.

Esa dualidad existe en la buena aplicación de la palabra y el silencio, del dialogo y la escucha. El ser humano tiene un dinamismo centrípeto y un dinamismo centrífugo. Armonizar esos elementos contradictorios exige un gran alarde de la inteligencia.

Dicen que el primer grado de la sabiduría es saber callar; el segundo es saber hablar poco y moderarse en el discurso; el tercero es saber hablar mucho, sin hablar mal y sin hablar demasiado.

 

Nos molestan los silencios que se producen hablando con una persona mientras vamos en el coche, en el ascensor, el autobús, o caminando, nos inquietan, necesitamos imperiosamente decir algo, sobre el tiempo, sobre el partido de anoche, sobre si está lejos o cerca el fin de semana o las vacaciones, si ya quedó atrás el verano o está por comenzar, etc. Y aquí no creas que hago una apología de la “no comunicación” y del “ser ermitaño”, para nada, lejos está mi reflexión, simplemente creo interesante focalizar en  ese vacío que nos produce cierto nerviosismo en muchos de nosotros y nos limita (claro está que hay algunos que solo tienen ventanas hacia dentro y de estos detalles ni se percatan ni los experimentan).

¿Cuántas veces nos dieron ganas de decir en voz alta y claramente que es mejor callar si no vamos a ofrecer ninguna solución? El silencio como comprensión y apoyo cuando tenemos las manos vacía porque muchas veces es mejor evitar dar el “bendito sabio consejo” desde el pulpito y bajar al planeta tierra simplemente caminando al lado de la otra persona. Lo agradecerá infinitamente más.

 

Si hay excepcionales obras musicales que sin su silencios entre corcheas y fusas no habrían alcanzado el título de obras maestras porque nos empeñamos en borrarlos del pentagrama de nuestra comunicación?.

El silencio es también expectativa frente a otro silencio. Un duelo muy poderoso muchas veces generador de grandes rupturas, de grandes decepciones no sólo en el ámbito personal sino en el profesional.

El silencio es inteligencia pero también es ignorancia, el silencio es espacio pero también es abandono, el silencio es respeto pero también es desprecio.

Si alguien espera en el silencio hay alguien que no tiene la suficiente inteligencia o liderazgo para dar una respuesta. Si alguien se excusa en el silencio hay alguien que no tiene la suficiente madurez para sostener más su eterna resignación del “hubiera”.

 

Nos pasamos nuestros primeros nueve meses escuchando sonidos, palabras, ecos, murmullos, onomatopeyas, músicas, golpeteos, etc., Y  fue esa actitud contemplativa que nos hizo crecer centímetro a centímetro hasta escucharnos a nosotros mismos llorar por primera vez con un grito. Lo demostramos desde el primer día que somos capaces de escuchar y de crecer. Saber escuchar desde el silencio oportuno y actuar desde la empatía generosa y sensata.

Si hasta en nuestras amadas redes sociales el ruido polifónico desafinado comienza a ser materia de estudio de los grandes expertos en el sector, porque lo que hoy representa una de las herramientas más poderosas de los últimos tiempos, puede transformarse en el espejo más absurdo de la verborragia endogámica.

 

Papá, probablemente no recuerdes nunca ese momento de reproche adolescente, y si lo recuerdas espero no lo tengas en cuenta, pero quiero que sepas que en algún rincón de este cuerpo, siendo tan diferentes y tan iguales, puedo entender tus espacios, porque con el tiempo supe ver  en ellos cuidado, presencia y paciencia silenciosas.

Necesitamos un mundo de silencios inteligentes, de melodías  espaciadas, de comunicaciones dadivosas, de ayudas mudas, de reflexiones oportunas. El talento del silencio podría decir que está en nuestras manos, pero no, está en nuestra escucha, nuestro sentido común y fundamentalmente, en nuestra boca.

Fuente: DIEGO LARREA. Twitter: @larreadiego. Linkedin: es.linkedin.com/in/diegolarrea/.

C. Marco

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