Sócrates, el sabio que no sabía nada

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Ningún esclavo desearía ser tratado como él se trataba a sí mismo”. Antifon, hablando de Sócrates.

Era plenamente consciente de que su maestro nunca había gozado de una presencia física imponente: más bien achaparrado y con prominente barriga, pese a su vida de asceta. Tampoco podía imponer su autoridad mediante un gran bagaje manuscrito: Sócrates fue toda su vida un intelectual… analfabeto.

Pero ahora le veía, reclinado en su lecho, esperando en paz su muerte, y no podía concebir a alguien más digno, más imponente en su austeridad y sencillez.

Echaría mucho de menos a su tranquilo maestro. Aún no lo sabía, pero la vida de Jenofonte se transformaría en una epopeya militar y académica, conformando una biografía apasionante. El día que su figura se estudiase en el futuro, el autor de la Anábasis (la aventura de los 10.000 mercenarios griegos que lucharon junto a Ciro el Grande) no podría analizarse sin prestar atención a Sócrates, su gran maestro.

La celda estaba misteriosamente en silencio. Los sollozos de Jantipa, la mujer de Sócrates, habían cesado.

¿Por qué lloras, mujer?” Le había preguntado su marido.

Porque la sentencia es injusta…”

¿Llorarías igual si la sentencia fuese justa? Vete en paz, y no llores por mí.

Pese a sacarse de quicio mutuamente, los dos ancianos esposos se quisieron con ternura hasta el final.

Por supuesto, no podía faltar la figura de Platón, sentado al lado del maestro, tomando nota de todo lo que decía. Su amigo Platón, con quien tantas discusiones había mantenido, muchas instigadas por el propio Sócrates. No le cabía ninguna duda de que continuaría la labor iniciada por lo que todos conocían ya como la “mayéutica”, la escuela de pensamiento que había removido los cimientos de la sociedad ateniense.

El término era como mínimo curioso, porque significaba “dar a luz”. El oficio de la madre de Sócrates, y en el que había encontrado paralelismos con su forma de extraer las ideas de las mentes de sus alumnos: mediante preguntas, ingeniosas e incisivas, que siempre les desconcertaban y les obligaban a replantearse hasta sus creencias más inconscientes y enraizadas. Veinticinco siglos más tarde sigue siendo el método que utilizamos en Escuelas de Negocio…

Soy la avispa ateniense: mi labor es molestar, molestar a esta sociedad para que no se duerma, para que no caiga en el sueño de la ignorancia; el peor de los males.” Le gustaba decir a Sócrates. Una avispa eficaz, sin duda, que ahora veía confirmada la utilidad de su labor de la forma más cruel: la pena de muerte.

Nunca será el poder amigo de quienes no ceden su conciencia a la conveniencia, a la comodidad de lo que todos deberían pensar, a lo políticamente correcto. Nunca será amigo de los alborotadores que abominan de la uniformidad, de la mimetización de las conciencias según unos criterios establecidos por los que “velan por su felicidad”.

Criteas, el tirano ateniense, antiguo discípulo de Sócrates, lo sabía mejor que nadie. Jamás podría descansar tranquilo en su trono con su antiguo maestro instigando a sus conciudadanos a pensar libremente.

Quienes piensan tener las respuestas a todos los problemas, especialmente quienes consideran que ellos son esa respuesta, nunca aceptarán el principio que guio siempre a su maestro: “Sólo sé que no sé nada.” Sólo sé que no tengo las respuestas a todo. Pero puedo preguntar y preguntarme, pensar juntos, discurrir…

Sócrates moría ahora, mártir de la libertad de conciencia, del derecho a cuestionarse las cosas. Ninguno de los presentes en esa celda sabría jamás que lo que había empezado en ese pequeño círculo conmocionaría el pensamiento occidental, fundando la primera gran escuela de filosofía de la Historia. Y el método de Sócrates se extendería más allá, como referente de un hombre sencillo, consciente de su ignorancia, que simplemente quería aprender y cuestionar la realidad en la que vivía.

Fuente:Professor IESE Business School.

C. Marco

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