El mito del líder

Acabo de terminar de releer en estos últimos días el libro “El mito del líder” (Prentice Hall, 2001), del profesor del IESE Business School, Santiago Álvarez de Mon; un libro muy recomendable que se aleja de los cánones tradicionales del liderazgo. Warren Bennis ya nos advirtió que “el liderazgo es el tema más tratado en la literatura del management pero al mismo tiempo el peor comprendido”.

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Santiago, con su habitual manera desacostumbrada de ver la realidad, pone el tema del liderazgo en su sitio y lo muestra tal como es, sin maquillaje ni colorete. El título de la obra lo dice todo. Apunto sólo algunas reflexiones que se pueden extraer del libro y dejo el resto para el lector.

El liderazgo es algo mucho más sencillo y cotidiano de lo que nos quieren hacer ver. En el libro se desmitifica la idea del “superlíder”. No existe el liderazgo de tiralíneas. No existe el liderazgo sin fisuras. Los líderes irreprochables de manual no son de este planeta. Tal vez los haya en los discursos grandilocuentes, pero la realidad cotidiana esta hecha de otra pasta. El líder de porcelana, radiante y exquisito, brillante y sin polvo, es sólo para las vitrinas. Hay que desprenderse de ese halo de misticismo que rodea al liderazgo y tratar el tema con más normalidad. El líder, como ser humano que es, también tiene inseguridades, miedos y dudas.

El liderazgo tiene mucho de capacidad de sacrificio. El clásico debate de si “el líder nace o se hace” tiene aquí una respuesta clara. James M. Kouzer en “El líder del futuro” dice: “el liderazgo no es un gen”. De otro modo caeríamos en un determinismo desalentador que nos llevaría a instalarnos en la comodidad del sofá. El liderazgo se construye con mucho esfuerzo día a día en la escuela de la vida. A bailar se aprende bailando; a cocinar se aprende cocinando; a conducir se aprende conduciendo… y a dirigir se aprende dirigiendo. No hay más: sin sufrimiento no hay crecimiento. El músculo agarrotado se estira y toma forma con el ejercicio. La metamorfosis exige exponerse a la realidad, enfrentarse a ella, vivirla y sufrirla. A mayor entrenamiento, mayor facilidad para desenvolverse con soltura en el arte de la gestión de personas. “El liderazgo –me decía en cierta ocasión Jorge Valdano– se cuece a fuego muy lento”.

El liderazgo tiene mucho que ver con el equipo. Un directivo no es nadie sin su gente. Da orientaciones, pone límites, inyecta ilusión… pero es la suma de voluntades la que hace que las cosas ocurran. Charles C. Manz en “Superliderazgo”, citando a Lao Tse, escribe: “El mejor líder es el que apenas se hace notar, no aquel al que la gente obedece y aclama, ni al que todos desprecian. El buen líder habla poco, y cuando ha concluido su trabajo y alcanzado su propósito, la gente dirá: lo hicimos nosotros”. Los éxitos son siempre colectivos. Además, muchas veces, en la trastienda de estos éxitos lo que hay son personas que hacen una labor callada, discreta, poco vistosa, pero enormemente eficaz. No hay que olvidarse de ellos.

¿Recuerdan la película “Los intocables” (1987), del director Brian de Palma? ¿Saben por qué detienen a Al Capone (Robert de Niro)? A pesar de que el equipo lo conforman 3 figuras radiantes –la experiencia de Jimmy Malone (Sean Connery), el potencial de George Stone (Andy García) y el liderazgo de Eliot Ness (Kevin Costner)–, el matón es detenido gracias al contable –William Wallace (Charles Martín Smith)–, un personaje bajito, feo, desaliñado y nada atractivo que al principio de la cinta hasta sufre el desprecio de su superior que le considera insignificante en su propósito de cazar al mayor delincuente de Chicago.

El liderazgo abarca a todas las personas. Cada uno en su puesto y en su responsabilidad haciendo lo que tiene que hacer. R. Heifezt en “Leadership without easy answers” dice: “El liderazgo tiene lugar todos los días”. José Azurmendi en “El hombre cooperativo” ahonda aún más: “Necesitamos más de hombres responsables que de hombres importantes, porque los importantes en cuanto descuidan su responsabilidad resultan fatales”. El liderazgo es cosa de “muchos” más que de unos “pocos”. La normalidad del término lleva aparejada su pluralidad. Todos somos (debemos ser) líderes.

El verdadero líder desea y trabaja por ser prescindible; porque entonces habrá cumplido su papel con plenitud. El médico anhela que el enfermo se recupere; el padre que su hijo madure; el profesor que el alumno despliegue las alas por sí solo… El líder puede ser puntualmente necesario pero poco a poco va dando pasos al costado. MacGregor Burns en “Leadership” sentencia: “Sé que me tengo que ir, porque esta experiencia no habrá cuajado hasta que pueda funcionar sin mí”. Saber decir adiós y no perpetuarse en el puesto es una de las muestras de mayor sabiduría directiva. No es ésta, sin embargo, una decisión fácil para la mayoría de los mandos que, acostumbrados a los privilegios y reconocimientos del cargo, se resisten con frecuencia a alejarse de la poltrona ocupada durante tiempo. A la hora de decir adiós el líder también debe demostrar su valor y grandeza.

El liderazgo es coherencia y ejemplo. “Tú debes ser el cambio que deseas ver en el mundo”, aconseja Mahatma Ghandi. “El ejemplo no es una de las maneras de influir en los demás, es la única”, sentencia Albert Schweitzer. El liderazgo está en la acción, por eso, el directivo debe ir siempre abriendo camino si quiere que el equipo le acompañe. La gente sigue a líderes que les inspiran; alguien en quien confiar cuyos conocimientos, experiencia y resultados pasados sirven de credibilidad. La coherencia –la concordancia entre lo que se piensa, dice y hace– afianza y consolida al equipo. Su ausencia, por el contrario, es el comienzo del descrédito que redunda en desánimo y, consecuentemente, en falta de voluntad.

El liderazgo es comunicación. No se puede ser líder desde la distancia, entre cuatro paredes, instalado en el despacho sin contacto con la gente. El líder está permanentemente alrededor de su equipo. Sin comunicación no hay liderazgo. El ex CEO de General Electric, Jack Welch, afirma: “Por encima de todo lo demás, los buenos líderes son abiertos. Van arriba y abajo, y dan vueltas por todos los rincones de sus organizaciones para llegar a la gente. No se quedan en los canales establecidos. Son informales. Son directos con la gente. Hacen que ser accesible se convierta en una religión para ellos”. Santiago lo recoge magistralmente en el libro: “La acción de comunicar es muy semejante a la de respirar, esa función natural que mantiene con vida a las personas. Deje de respirar y dejará de ser. Deje de comunicar y dejará de vivir”.

El liderazgo es autenticidad; porque de otro modo nunca se dará lo mejor de uno mismo y se estará privando a los demás de un resultado excelente. El líder que no tiene una personalidad fuerte queda a merced de las circunstancias movile qual piuma al vento. Erich Fromm escribe: “En la medida que yo soy como usted me desee, yo no soy: estoy angustiado, dependo de la aprobación de los demás y procuro constantemente agradar”. También Miguel de Unamuno está en el centro de sus reflexiones: “No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cuál es único e irrepetible; en serlo a conciencia pon tu principal empeño”.

El líder es un generador de confianza; porque sólo en ese contexto la persona puede desplegar sus potencialidades. Por el contrario, si el talento se encuentra cohibido y acartonado, nunca abrirá las alas. Hay mucho talento escondido por este motivo. Como explica Rosabeth Moss Kanter, Profesora de la Harvard Business School, en su libro “Confianza” (Granica, 2006): “La acción de confiar es el factor clave que les permite a las personas vulgares y corrientes alcanzar altos niveles de rendimiento a través de rutinas que promueven su talento. Las rachas de fracasos se producen cuando las personas pierden la confianza en sus líderes, mientras que las rachas de éxitos se deben en su mayoría al trabajo de personas que confían en sus propias habilidades, en las habilidades de sus jefes y en el sistema para el que trabajan. La confianza es el puente que conecta las expectativas y el rendimiento, la inversión y los resultados”.

El líder no se deja seducir por las alabanzas. Quien ocupa un puesto de responsabilidad está “condenado” a ser agasajado por su tropa. Pocos tendrán el coraje y la valentía de manifestar lo que piensan y se limitarán a decir lo que el jefe quiere escuchar. Los aduladores ayudan a ocultar las limitaciones de los superiores restándoles oportunidades de mejora. Los halagos del séquito sacan brillo al ego y merman la objetividad tan imprescindible para el ejercicio del buen gobierno. Antístenes decía: “Vale más caer entre las patas de los buitres que entre las manos de los aduladores, porque aquellos sólo causan daño a los difuntos y éstos devoran a los vivos”. Tácito afirmaba algo parecido: Pessimus inimicorum genus laudantes: la peor especie de enemigos es la de los aduladores.

El liderazgo tiene que ver con los valores. La ética está incrustada en el concepto de liderazgo. El profesor Fernández Aguado explica esta cuestión con gran agudeza. Una cosa es el liderazgo “técnico” (arrastrar a la gente) y otra el liderazgo “ético” (hacerlo hacia objetivos valiosos). El auténtico líder es el que “hace bien el bien”: hace las “cosas correctamente” (liderazgo técnico) y además hace las “cosas correctas” (liderazgo ético). En este club están Ghandi, Mandela o Teresa de Calcuta. Otros simplemente son expertos en “hacer bien el mal”; tienen un gran liderazgo técnico pero carecen de toda referencia ética. Aquí caben Hitler, Stalin o Lenin. Resumiendo: no basta hacer “buenos negocios” sino que hay que hacer “negocios buenos”.

El líder trabaja por un mundo más justo. Tiene en cuenta su bienestar pero también se preocupa por el de los demás. Sabe que la vida no nos ha tratado a todos por igual y, por tanto, es tarea de los más privilegiados corregir desigualdades. Es una cuestión de justicia social. Un dato: en el mundo hay algo más de 200 países reconocidos por la ONU; España es la 8ª economía del mundo, lo que es indicativo de que estamos entre el 5% de países más ricos. Nadie pidió nacer en Burkina Faso, Etiopía o Senegal. ¿Se puede solucionar este problema? Sí, con voluntad. ¿Cuál es el problema? Mahatma Gandhi (1869–1948) da las claves: “En la Tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos”.

El líder debe aprender a gestionar envidias. “Ladran, luego cabalgamos”, le decía Don Quijote a su escudero Sancho Panza. Los comentarios ácidos e irónicos son síntoma de que uno está por el buen camino. A quien destaca se le intenta cortar las alas. Es inevitable. Cuentan que en cierta ocasión se apareció un genio todopoderoso a un individuo y le dijo: «Pídeme lo que quieras pero ten en cuenta que de lo que me solicites le daré a tu vecino el doble». A lo que éste contestó: «Que me quede tuerto». No nos gusta tener o ser más sino tener o ser más que los demás. Una de las mejores formas de evitar envidias gratuitas es actuar con cierta discreción y no armar mucho ruido. De este modo, quienes estén tentados para atacar, no tendrán razones para hacerlo. No es fácil porque el mundo de la empresa exige visibilidad.

El liderazgo es auctoritas (autoridad), no potestas (poder). “Liderazgo no es una posición desde la que se ejerce el poder. Sistemáticamente, perdemos la batalla del lenguaje. No sé por qué llamamos líder al presidente de un gobierno, al consejero delegado de una empresa, al director de un colegio, al gerente de un hospital. Son cargos, títulos, nada más. De hecho, el drama de muchas instituciones es que son presididas por personas sin ninguna autoridad personal”. Buen recordatorio el del profesor del IESE. A menudo ocurre lo descrito, gente con excelentes capacidades técnicas pero escasas dotes de gestión que son encumbrados a posiciones directivas.

El líder gestiona paradojas. La vida no es una ecuación matemática en la que basta despegar incógnitas, sino que está plagada de contradicciones vitales. Sólo quien acepta lo paradójico de la existencia humana está en el buen camino. Damos sólo algunas pinceladas: “Cuanto más damos, más recibimos” (Paradoja de la Generosidad); “El hombre busca respuestas y encuentra preguntas” (Paradoja del Conocimiento); “No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita” (Paradoja de la Riqueza)… Y así podríamos continuar ad infinitum.

El liderazgo es, ante todo, actitud positiva. Muchas veces el salir adelante no es tanto una cuestión de “aptitudes” como de “actitudes”. El tono vital con el que se afrontan las dificultades es lo que a menudo marca la diferencia entre el éxito y el fracaso. Víctor Hugo lo escribió magistralmente: “El futuro tiene muchos nombres: para los débiles es lo inalcanzable; para los temerosos, lo desconocido; para los valientes es la oportunidad”. Hay personas que son expertas en ver un problema a cada solución y otras en ver una solución a cada problema. Si hay una característica que distingue a los grandes líderes es la de afrontar el futuro con optimismo. Saben que habrá multitud de obstáculos, pero sus ganas de salir adelante, les permiten sortearlos con habilidad.

El líder tiene que acostumbrarse a gestionar conflictos. Esto es una constante –la más habitual– en labores ejecutivas. Para quien se propone conquistar cotas elevadas la vida no puede ser fácil. Es de sentido común. Una vida carente de conflictos es una vida insípida. Noel Clarasó lo decía de esta manera: “Lo bueno de los grandes problemas humanos y hasta de los pequeños problemas de cada uno de nosotros es que todos están siempre sin resolver. Vivir no es saborear las soluciones. Vivir es navegar entre los problemas, de uno a otro, a través del agua tibia y sabrosa del mar inmenso de todo lo posible”.

El líder reconoce sus carencias y solicita ayuda; No se refugia en un orgullo poco domesticado que constriñe su crecimiento sino que repara en sus limitaciones y procura limarlas. ¿Por qué no sucede esto a menudo? La razón es sencilla: muchos directivos identifican preguntar, solicitar ayuda o contrastar opiniones como una manifestación de ignorancia o debilidad, y en un mundo de apariencias, no se pueden permitir ese lujo. Craso error. Álvarez de Mon rescata en esta ocasión a Ortega y Gasset: “Vivir es sentirse perdido. El que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el naufrago, buscará algo a que agarrase, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente”.

El liderazgo tiene mucho de humildad. Si hay una nota que caracteriza el entorno mercantil actual es la complejidad, y en entornos altamente complejos, la capacidad de escuchar (al mercado, al talento interno, al cliente externo…) es inexcusable. Ello sólo es posible si quien está al frente de la organización practica la humildad, algo que no suele ser habitual entre las altas esferas. Cuando uno llega arriba hay una tendencia a pensar que como uno sabe mucho de algo también sabe mucho del resto y esta ceguera resta ocasiones de ser mejores. Cuentan que en cierta ocasión, un amigo de Lenin le dijo: “En realidad lo que acabas de decir no es así”; y Lenin contestó: “Entonces es la realidad la que se equivoca”.

El líder debe acostumbrarse a gestionar fracasos. “De derrota en derrota hasta la victoria final”, afirma un dicho. Hay que pegar muchos tiros hasta que uno consigue finalmente dar en el blanco. If you fall seven times, stand up eight. En cierto modo, una persona que no ha fracaso es una persona que no ha madurado. Hay personas que nunca se han equivocado pero toda su vida es un error. El fracaso lleva consigo lecciones insustituibles que el tiempo acaba revelando como indispensables pasados los años. Además, una persona que ha superado baches aprende a relativizar mejor todo: el éxito y la desgracia.

Artículo de opinión publicado en Executive Excellence nº47 feb08.

Autor: Francisco Alcaide: Es profesor Universidad Antonio de Nebrija.  http://franciscoalcaide.blogspot.com/.

C. Marco

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2 respuestas a El mito del líder

  1. tomascano dijo:

    Querido Carlos de acuerdo en lo que dices solo una salvedad desde mi humilde punto de vista el lider nace algunos pueden hacersa o convertirse pero no se aprende en la escuela no se si es un gen pero el médico tiene un gen el abogado o algunos en todo lo demás en el lider perfecto no existe y saber retirarse en su momento es algo que solo lo sabe bien el lider y sus genes, hay quien nace con los genes de dictador no se ha educado en ningún sitio
    Saludos Tomas Cano

    • Gracias Tomás por tus aportaciones. En mi opinión, efectivamente para ser un buen lides hay que tener ciertas habilidades innatas. Estoy de acuerdo en que hay ciertos perfiles que en base a sus aptitudes y sobre todo a sus actitudes, no conseguirán ser denominados como líderes auténticos.

      En base a mi experiencia, el liderazgo es algo que se puede aprender, si se trabaja en ello y en la dirección adecuada. En realidad un verdadero lider es aquel que es capaz de identificar líderes potenciales y guiarles para ello. He conocido muchos casos.

      Desde mi punto de vista, en definitiva, un verdadero líder es aquel que consigue que un grupo de personas remen todos en la misma dirección, al mismo ritmo, poniendo todo el empeño y esfuerzo disponible y además que consigue que los remeros disfruten con ello. Lo he visto, lo he vivido y lo he aplicado. Te puedo decir que el resultado es absolutamente extraordinario.

      Un abrazo.

      Carlos.

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