La importancia de confiar en uno mismo

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Recuerdo como si fuese ayer, cuando retomé mis estudios técnicos tras cumplir el ineludible Servicio Militar, para continuar cursando el “Curso Puente” que me permitiría transitar hacia la consecución de la Licenciatura en Ingeniería Mecánica.

Ciertamente el “Curso Puente” fue por muchos motivos, el curso de mis estudios que más esfuerzo me exigió para poder finalizarlo.

Era fin de semana y estaba en casa de mis padres (aún residía con ellos), preparándome un examen de evaluación para la asignatura de Ingeniería Química Industrial, integrante de este curso; y con ese fin, rehacía uno de los ejercicios tipo-examen que el profesor había resuelto en clase, que representaba un ejemplo real de un proceso químico industrial complejo.

Mi planteamiento para asegurarme de que estaba preparado para afrontar el examen con el suficiente éxito consistía en tratar de realizar el ejercicio por completo, sin aprovechar la ventaja de mirar el planteamiento que había sido trasmitido por el profesor, con el objetivo de llegar exactamente al mismo resultado que el profesor nos había trasladado unos días antes.

Dediqué largo tiempo a plantear y desarrollar el ejercicio. Finalmente, conseguí terminarlo. Estaba pletórico y orgulloso pues había sido capaz de resolverlo sin necesidad de revisar las notas que el profesor había dado y lo había comprendido perfectamente.

Tan solo me restaba que contrastar el resultado alcanzado con el del ejercicio planteado por el profesor. Mi sorpresa fue muy grande cuando comprobé que el resultado que yo había obtenido no coincidía exactamente con suyo.

No daba crédito. Estaba completamente convencido de que mi ejercicio estaba bien desarrollado y de que había entendido el proceso a seguir. Salvo que hubiese cometido algún error por falta de atención o por causa del cansancio, el resuelto debería ser el correcto y debería de coincidir con el dado por el profesor en clase. No sabía qué hacer.

Después de revisar ambos ejercicios y detectar las diferencias que había entre mi resolución y la ofrecida en clase, quedé sorprendido al comprobar que no era capaz de entender algunos de los planteamientos que aparecían en el ejercicio resuelto en clase. Aunque me quedaban ciertas dudas al respecto, mi conclusión inicial fue que era el ejercicio de clase el que había sido resuelto de manera errónea.

Con el fin de clarificar el problema decidí pedir ayuda a través de una tercera opinión. Para ello, y teniendo en cuenta que mi padre había estudiado Ciencias Químicas y conocía perfectamente estos procesos, me dirigí a él para pedirle que me ayudase a revisar el ejercicio conjuntamente conmigo, y así ayudarme a localizar donde estaba el error.

Le llamé y le expliqué el proceso que me había llevado a obtener el resultado del ejercicio. Yo lo tenía muy fresco y estaba ansioso por que él lo revisase conmigo y me diese su aprobación. Y así fue.

Después, ambos revisamos el desarrollo del ejercicio resuelto en clase y le puntualicé aquellos puntos que yo no era capaz de entender y que consideraba erran incorrectos.

Pero mi padre no lo veía del todo claro, él seguía opinando que había algo que se nos escapaba a ambos y no terminaba de darme la razón. Él insistía en que el planteamiento del ejercicio en clase debía ser correcto y en que debíamos encontrar una forma de poder explicarlo y entenderlo.

Yo estaba siendo muy tozudo en mi empeño de que la resolución de mi ejercicio era correcta y por ello, mi padre terminó enfadándose conmigo por mi negación a aceptar sus argumentos como válidos y finalmente desistimos del intento.

Yo siempre he sido muy pragmático y tozudo a la hora de asimilar la información y a la misma vez he sido incapaz de asumir como ciertas aquellos planteamiento que no entiendo por completo, pues ello me obligaba a asimilarlas como “dogmas de fé” y al final requería tenerlas que memorizar, lo que odiaba y me resultaba tremendamente difícil. Por ello me negaba en este caso a aceptar el resultado del ejercicio del profesor como válido.

En todo caso, aunque empezaba a tener dudas de que mis razonamientos en la resolución del ejercicio eran las correctas, necesitaba que alguien me explicase donde estaban los errores en mi ejercicio con el fin de evitar tener que memorizar el resultado. Y quien mejor que el profesor de la asignatura para ello.

Al día siguiente decidí pedir tutoría con el profesor de la asignatura, de modo que me acerqué a su despacho y me llevé mi ejercicio resuelto con la intención de que me explicase cuales eran los errores que estaba cometiendo en el planteamiento y desarrollo.

Cuando le indiqué el ejercicio de que se trataba y comenzaba a explicarle ansioso mi planteamiento, el profesor me hizo callar y me dijo lo siguiente:

“Disculpa Carlos, pero ya os informé que este ejercicio que fue planteado en clase tenía algunos errores en su resolución. Pero por lo que estoy viendo en tu caso, creo que no eras consciente de ello.”.

Madre mía, me quise morir. Pobre mi padre. Imaginaos mi reacción de sorpresa, de rabia y también de alegría; por saber que todos mis razonamientos habían sido correctos y de que a pesar de que el resultado de mi ejercicio no coincidía con la resolución del ejercicio de clase y en contra de los argumentos que había recibido por parte de mi padre, yo había mantenido mi criterio y mi opinión, de que era mi ejercicio el que había sido desarrollado en realidad, de manera correcta.

Así que ya sabes, te invito a que no aceptes ni asumas nada como certero hasta que seas capaz de entenderlo completamente y puedas comprobarlo, aunque te lo pida mismo padre.

Es importante que mantengas esta disciplina de seguridad y confianza en tí mismo, y de este modo transmitirás seguridad y confianza a tu alrededor.

Quiero aprovechar, antes de terminar con este post, para agradecer al profesor de la asignatura y sobre todo a mi padre, por haberme puesto en prueba en esta situación de prueba de autoconfianza, lo que me brindó una gran oportunidad para conocerme mucho mejor y para reforzarme en la teoría de que lo que no entiendas, no lo debes convertir en un dogma de fe.

En todo caso, si tus ojos no te permiten comprobar algo, siempre te quedará tu intuición, pero esto será ya un tema a tratar en futuros posts.

Un saludo,

Carlos L. Marco

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