Tolerancia y compasión impulsan el cambio

“Para entender el corazón y la mente de una persona, no te fijes en lo que ya ha logrado, sino lo que aspira conseguir” —Kahlil Gibran

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Cada uno de nosotros tenemos asuntos pendientes por mejorar. Todavía no conozco la primera persona (¡normal!) que en realidad piense que ya alcanzó la perfección.

Seguro que habrá algunos de nosotros que han avanzado más en su desarrollo personal, pero no hay duda de que todavía tienen cosas sobre las que deben trabajar. Cuando menos, dar un retoque por aquí, más brillo por allá o reforzar alguna frágil costura.

Los demás, los menos logrados, tenemos (mucho) trabajo por delante.

Puede ser que deseemos ser más puntuales, o más pacientes, menos explosivos, más disciplinados, organizados… Siempre habrá algo que mejorar, crear o suprimir.

Y cualquiera que se haya tomado en serio la tarea de transformarse a sí mismo, sabe de primera mano que cambiar es labor de titanes.

No basta con decidir cambiar para que el cambio se produzca.

Los patrones de comportamiento que nos han acompañado durante mucho tiempo se resisten con fiereza a ser sustituidos.

Digamos, por ejemplo, que estamos cansados de llegar con retraso a todas partes y nos proponemos ser más puntuales.

Pasado un tiempo, a pesar de nuestra firme voluntad de cambio, en más de una ocasión terminamos llegando tarde.

Si, hemos avanzado algo; en lugar de llegar media hora después, lo hacemos pasados 10 o 15 minutos. Incluso alguna vez hemos logrado llegar a tiempo. Pero otras hemos fracasado de forma miserable.

Cuando esto ocurre, hay muchas probabilidades de que las otras personas, e incluso nosotros mismos, nos recuerden que somos un desastre con los horarios; que somos un caso perdido. Ignorando por completo el gran esfuerzo y el importante avance que hemos logrado.

Cambiar nuestra forma de actuar es como cambiar el curso de un río. Empezamos a cavar un surco por donde queremos que pase ahora la corriente. Al principio esa zanja es pequeña y solo logramos desviar un poco de agua del total (las veces que llegamos temprano).

Pero mediante empeño y paciencia, poco a poco vamos haciendo nuestro surco cada vez más grande y capaz de transportar más agua. Hasta que un día todo el río pasa por donde lo hemos deseado.

Tal vez existan personas que deciden cambiar y cambian. Rápido y sin dolor. Pero no es la forma como lo hacemos la mayoría.

Debido a ello, resulta de vital importancia agregar a nuestros esfuerzos de cambio, y al de las personas cercanas, grandes dosis de compasión y comprensión.

Debemos celebrar la mejora, y animar cuando se presente el tropiezo.

Sin embargo, esto no es lo que hacemos: ignoramos el avance y censuramos, con severidad, el error.

Pedimos a nuestros pequeños que sean mas responsables con sus deberes y, si a los pocos días los vemos flojeando de nuevo, nos enfurecemos porque no nos han obedecido.

O decimos a nuestra pareja que no deje más la toalla mojada encima de la cama. Y en lugar de celebrar los tres días seguidos que la ha llevado de nuevo al baño, reñimos con dureza por la única vez que se olvidó recogerla.

Pero no solo somos duros con los demás, también lo somos con nosotros mismos.

En lugar de celebrar los progresos que hemos hecho hacia un nuevo hábito, nos dedicamos duras palabras cada vez que tropezamos.

En la novela Matar a un ruiseñor, Atticus Finch, el personaje central, sostiene un diálogo con su hermano sobre su hija menor, Scout, quien tiene un carácter explosivo que la lleva a verse enredada con frecuencia en peleas y discusiones. El hermano de Atticus le pregunta entonces si alguna vez le dado algún azote para corregirla. Atticus responde que no, que él sabe que Scout se esfuerza mucho por controlar su temperamento, y que eso es lo único que puede pedirle; que persevere con sinceridad.

Y también eso es todo lo que debemos pedirnos a nosotros y a los demás: hacer nuestro más honesto esfuerzo por cambiar.

C. Marco
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