Quizás Dilbert se equivocaba

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Desde la piel del directivo, es posible que Dilbert no forme parte de su agenda de contactos; aunque quizá sí.

Como la mayoría sabe, el principio de Dilbert establece que las empresas tienden a ubicar a los trabajadores más ineficientes en aquellos puestos donde puedan causar el menor daño posible a la organización: la dirección.

Hay quien afirma que así sucede en las compañías internacionales, pero -por lo que conozco de las empresas españolas- dicho principio no parece consistente cuando reflexionas sobre la existencia de los ‘jefes tóxicos’ y la infelicidad que provocan a  su alrededor, así como sobre los daños que causan a personas y empresas, pudiendo, algunos de ellos, incluso llegar a poner en situación de quiebra a empresas que no tendrían por qué empobrecerse, descapitalizarse o extinguirse.

Me atrevería a asegurar que casi cualquiera de nosotros conocemos casos de directivos democionados, que literalmente son ‘aparcados’ en cargos para cuyo título se eligen ampulosos eufemismos -tan vacíos de contenido como engordados de nombre- y todo el mundo sabe que la ineficiencia manifiesta y/o la pérdida de credibilidad del profesional cesado y/o su demonización por parte de la nueva guardia no responde a otra razón que no sea quitárselo de encima y entretenerle en espera de que se jubile. Eso sí, con pretendida salvaguardia de su orgullo, pero sin merma alguna del daño que esta medida causa; en primer lugar en el denostado y a la postre en toda la organización.

Pero hay un hecho más preocupante aún. Tal y como refería en otro post hace pocos días, me llegan algunas confirmaciones de trabajadores que piensan que las afirmaciones de Paula Arenas son bastante fidedignas con su experiencia más cercana: por alguna oculta razón se reubica en puestos de mayor atractivo a trabajadores -a todas luces- menos eficientes, pero más complacientes con quienes toman decisiones no tan afortunadas (remítanse a los resultados) como les debiera corresponder en razón del cargo que ocupan.

La razón no es otra que la habilidad de ciertos ejecuDivos para infiltrarse entre las castas directivas y ejercer aquella falacia del mando, la cual explica que los mediocres se rodean de toda una legión de insustanciales y anodinos incapaces de hacerles sombra.

Parece que hoy el miedo les atenaza a muchos trabajadores, y que el grial de la crisis permite hacer rodar cabezas como si nos encontrásemos ante una parodia de la Revolución Francesa, cuya principal amenaza es el holograma de la afilada cuchilla del despido.

¿Deberíamos cambiar de óptica y empezar a aplicar el principio de Dilbert a los políticos?

Fuente: https://jvillalba.wordpress.com/ © jvillalba

C. Marco

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