Que vienen los robots

El dato positivo es que ello podría generar un incremento de la productividad del factor trabajo de un 2,5% en promedio anual durante los próximos veinte años. El negativo es el riesgo de que Europa no sea capaz de aprovechar ese salto tecnológico como no lo hizo con las oportunidades brindadas por la primera fase de la revolución desencadenada por las Nuevas Tecnologías de la Comunicación y de la Información (NTCI) (Frey C.B. and Osborne M.A, The Future of Employment: How Susceptible are Jobs to Computerisation?, Oxford Martin School, 2013).

La persistente pérdida de productividad total de los factores en la Unión Europea ha generado un ingente volumen de literatura del que sólo es posible extraer una conclusión común: la Gran Recesión ha reducido la eficiencia de las economías al debilitar los incentivos de las empresas a introducir innovaciones. Sin embargo, esta visión es demasiado superficial, porque implica asumir que, superadas las secuelas de la crisis, ese escenario cambiará por arte de magia.

Este razonamiento ignora las causas estructurales que han impedido a la mayor parte de los Estados europeos sacar ventaja de las NTCI para hacer su economía más productiva y que la crisis sólo ha puesto de relieve. Las excepciones emblemáticas a la regla son Suecia, Finlandia y el Reino Unido. ¿Por qué se ha adaptado Europa tan mal a la era digital?

Las grandes revoluciones tecnológicas del pasado produjeron un aumento de la productividad y del nivel de vida de todas las capas sociales porque el entorno institucional existente hacía posible un ajuste rápido de las economías a las condiciones impuestas por el progreso de la tecnología. Mercados poco intervenidos, impuestos bajos y Estados del Bienestar pequeños facilitaron transitar de una frontera de producción a otra con bajos costes económicos y sociales.

Esta situación cambió a partir de finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado cuando los Estados plagaron sus economías de regulaciones y elevaron de manera significativa los impuestos. La revolución liberal de los años 80 no logró invertir esa tendencia. La frenó coyunturalmente en algunos países, pero no en la mayoría de ellos, sobre todo, en los europeos.

La mejora de productividad de la economía continental y la transformación del crecimiento derivado de la revolución tecnológica en un instrumento de inclusión social implica mejorar la cantidad y la calidad de la educación, fortalecer la competencia, reducir los impuestos y flexibilizar la legislación laboral. Esto es, modificar el marco de incentivos.

Por eso, el empeño en resolver el puzzle de la productividad con mayor gasto público y políticas industriales estratégicas es un error. En la era de las NTCI, la elasticidad de sustitución entre el trabajo y el capital es superior al 1%. La polarización entre trabajadores cualificados y no cualificados se ha incrementado. Entre 1993 y 2010, la muestra para 16 países europeos expone una caída del 9,3% en la demanda de ocupaciones con cualificación baja y media-baja (Autor D., Polanyis Paradox and the Shape of Employment Growth, NBER, WP, 2014).

Sin embargo, alterar el statu quo presente tiene una enorme complejidad. Al consenso socialdemócrata dominante en Europa, que ha constituido y constituye un freno a la puesta en marcha de una agenda reformista consistente con las demandas del cambio tecnológico, se suma ahora el auge del populismo que refuerza la tendencia al inmovilismo.

La incomprensión sobre las causas reales del mal europeo, de la ya dilatada decadencia económica del continente, constituye una barrera brutal para poner en marcha las modificaciones estructurales que precisa Europa para recuperar su dinamismo. El proyecto liberal decae en todos los Estados de la UE, empeñada en salvar un modelo socio-económico de bajo crecimiento y de polarización social e incapaz de plantear una alternativa al populismo distinta a la planteada por la socialdemocracia conservadora y socialista.

La vieja izquierda y la vieja derecha se han transformado en versiones similares de un mismo sistema con discrepancias de matiz. La nueva izquierda y la nueva derecha populistas son alternativas extremas que profundizan en el estatismo imperante. A diferencia de lo acaecido hace 30 años, la discusión no es cuánto se disminuye el tamaño del Estado, sino cuánto ha de aumentar. En este contexto, los Estados europeos están muy mal equipados para hacer frente al desafío de la revolución tecnológica en curso y al proceso de destrucción creativa que ella implica.

Tampoco cabe esperar que una mayor integración económica del Viejo Continente sea un motor efectivo para el cambio. Europa está inmersa en una crisis existencial que la paraliza y cuya superación no parece fácil ni cercana. Esto se visualiza con claridad meridiana ante el fallo de completar el programa del Mercado Único y se agrava con el auge del populismo en el escenario político continental que no es sólo contrario a cualquier iniciativa liberalizadora sino que pretende eliminar las realizadas hasta la fecha. Por todo ello, el futuro de la UE es incierto. La posibilidad de que Europa recupere su vigor no es una tarea imposible desde un punto de vista teórico, pero parece bastante improbable desde el práctico.

Fuente: Lorenzo B. de Quirós.

C. Marco

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