Antropología del éxito

Antropología del éxito

El simio macho alfa defiende su supremacía en la manada a base de fuerza. El más fuerte es el que manda. Normalmente, no tiene que luchar porque usa una estrategia de comunicación muy eficaz, ocupa el máximo espacio posible y se muestra totalmente impasible. La corpulencia es un mérito en el mundo animal, lo es para el cuerpo a cuerpo con el rival y para que el macho se muestre ante la hembra para conseguir procrear con ella. Seguro que si os pregunto cuál es la imagen del gorila macho alfa que os viene a la cabeza es la de un ejemplar inmenso e inconmovible, imperturbable, ajeno al dolor y al sufrimiento ajenos, quieto, sin alterarse por nada… Tal vez porque permanecer así, en quietud ante la ofensa, es una forma de demostrar seguridad.

No se lo tendremos en cuenta, seguramente tras esa fachada de mole sin sentimiento, se esconde la necesidad de mantener al grupo unido y sin fisuras…

Los machos que osan disputarle el mando conocen las reglas. Si quieren ganar y desbancarle, tienen que mostrar su fuerza y luchar con las mismas armas y ser superiores. Si son derrotados se unen al resto de machos que no son alfa y muestran su obediencia, sumisión y vasallaje al líder…

Las hembras se ocupan de todo. Su papel es primordial para la supervivencia porque no sólo son las que cuidan a las crías sino que llevan el peso emocional de la manada… Las que generan equilibrios y organizan el día a día.

¿Te suena de algo?

Esa es la imagen del poder que ha llegado nuestros días, la del macho alfa que ocupa el espacio y se muestra impasible. El resto de la oficina se ocupa de hacerle la pelota y mostrarle sumisión. La cara de “no pasa nada” se ha asociado desde siempre con la sensación de tener el control y el uso de la palabra y ponerse a la altura del otro una debilidad. Por eso, el jefe tradicional se agazapa tras su mesa y en ningún momento hace ningún gesto de afabilidad, porque eso en su mundo de blancos y negros, de arriba y abajo, podría ser considerado como ser síntoma de vulnerabilidad.

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El macho alfa que ha llegado a la cumbre por la fuerza, por su capacidad de dar codazos, muestra su supremacía sin un atisbo de empatía por los que le rodean, sin un grano de compasión por los que se acercan a él suplicando ayuda y que ocupan un escalafón más bajo en el organigrama.

¿Cuántas veces habéis ido al jefe al pedirle algo que consideráis justo y habéis topado con su mesa inmensa que os separa y su cara impávida? A lo máximo que aspiras es a que te dé unas palmaditas en la espalda, que en el lenguaje no no verbal es un alarde de paternidad y superioridad del tipo “muy bien, majete, lo has intentado, pero va a ser que no porque aquí mando yo, qué te pensabas”.

El otro día una amiga me contaba que fue a hablar con el director de la sucursal bancaria donde tenía su dinero (ya no). El tipo en cuestión la saludó con un «hola» casi inaudible, sin  apenas despegar los labios y  le estrechó la mano sin ganas al verla. Durante toda la conversión (es una forma de calificar el encuentro) el individuo no fue capaz de mirarla a los ojos (el simio lo haría, porque a pesar de todo, es más humano y basa su poder en el desafío) y no comentó nada. Se limitó a bucear en su ordenador portátil supermegafantástico y esconderse tras él mientras buscaba información sobre sus cuentas (o miraba chollos en una web de venta online, porque tampoco dijo nada concluyente que despejara dudas).

Ella le contó su problema esperando soluciones, pero al macho alfa poco le importaban sus miserias, porque ha llegado a donde ha llegado gracias a esa impasibilidad e indolencia, no sé si calculadas o fruto de una personalidad nada empática… Balbuceó tres palabras sin sentido que ella no pudo comprender y le dijo que era imposible lo que pedía, gracias…

El caso es que mi amiga salió del despacho de mesa sobredimensionada (sirve para suplir la falta de corpulencia física del macho alfa no gorila ) sin respuesta y sin despedida, puesto que el director no tuvo a bien considerarla suficientemente importante como para levantar la vista de la pantalla o dejar el móvil a través del cual estaba muy solicitado…

Arrogancia, prepotencia, impasibilidad, trato deshumanizado… De nada sirven esos anuncios de algunos bancos en los que te venden su gestión como cercana al tiempo que te dan lecciones de ética (después de esta crisis, habiéndoles salvado los muebles, tiene cierta guasa y mucho de mal gusto).

Seguramente ahora en miles de sucursales hay directores y directoras que están dispensando a un cliente un trato humano y digno a los clientes, lo sé. Al fin y al cabo, de este tipo de personas, hay en todas partes.  Sin embargo, no deja de parecerme increíble que en pleno cambio de paradigma laboral, todavía haya personas que se tomen lo del mandar al modo del «antiguo régimen» sin apenas disimularlo o revestirlo de cierta humanidad.

Lo que le sucedió a mi amiga no dista mucho de presentarse con una gallina en una audiencia al rey o noble de turno en plena Edad Media y pedirle un margen para los pagos porque la cosecha ha sido mala…

¿De verdad todavía se creen que van a mantenerse en sus puestos a base de ignorar el valor de los demás?¿De verdad no se han dado cuenta que ahora lo que se busca son líderes que escuchan y se adaptan? ¿Para qué tantos artículos sobre gestión del cambio y liderazgo? ¿qué les pasa, no los leen?

El hecho de tener la espalda más ancha o parecer más prepotente ya no van a ser competencias reclamadas en las empresas para subir puestos en el organigrama… Cuando los clientes huyan, al jefecillo no le servirá de nada desplegar sus plumas de pavo real para mostrar que es el más chulo y más macho del lugar…

Y aunque es cierto, hay mucho de «antiguo régimen» todavía, a los nuevos «jefes» les vendría bien saber que aunque no sean empáticos a partir de ahora les vendrá muy bien parecerlo.

Que aprendan a escuchar o a fingir que escuchan, que ensayen una sonrisa abierta y sincera, que aguanten la vista y miren a los ojos para que la otra persona sepa que le dan la importancia que merece y se apunten a un curso para aprender a dar un buen apretón de manos… Que se miren al espejo para descubrir que todos somos lo mismo y ellos no son una raza superior… No les vendría nada mal un curso de habilidades sociales y lenguaje corporal para que se dieran cuenta de lo que transmiten cuando comunican, cómo se mueven y qué mensaje dan a los demás con sus gestos.

Y si algo les queda de todo esto, que lo aprovechen. Porque al otro lado de la puerta, entre los sumisos vasallos hay uno o una (ella siempre lo tiene más complicado, por desgracia) que  puede que sea igualmente impasible incluso y quiera el megadespacho para ignorar al mundo y mandar… Pero ¿sabe qué, señor director? Sólo con que sonría un poco más que usted y sea más joven, ya le tiene la batalla ganada…

Al tanto con menospreciar a los demás porque mañana pueden ser ellos los que ocupen nuestros puestos…

Al tanto con ser incapaces de comprender el sufrimiento ajeno porque mañana puede ser el propio…

Al tanto con pensar que somos infalibles porque la vida nos da unos revolcones que nos pone en nuestro sitio…

Que se lo digan al noble del siglo XVI que tendría que ver como ahora los siervos y vasallos se montan un negocio en Internet y triunfan con su trabajo y su empeño… Que sigan esperando la gallina y pensando que el liderazgo se gana por al fuerza…

Al menos, el simio acepta la batalla de forma honesta, cuerpo a cuerpo, y asume la derrota. Al menos, muestra respeto por el rival.

Creo firmemente que a ambos, al gorila macho a alfa y al jefe impasible, les queda poco, están en peligro de extinción… Aunque sólo me duele en el primer caso, la verdad, porque tenemos mucho que aprender del algunas especies, sobre todo en humanidad.

El éxito  también es llegar sin pisar ni perder la dignidad por el camino ¿no creen?

Fuente:

Excellence Management

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