El próximo paso: La vida exponencial

 

Isaac Asimov imaginó hace décadas unas “leyes de la robótica” que servían como síntesis entre el humanismo tradicional y una futura sociedad robotizada. Pero hay un problema. Parece que -en la práctica- no hay forma de traducir estas “leyes” a un código que las máquinas entiendan. Más allá de la ciencia-ficción, las llamadas “tecnologías exponenciales”, compatibles con la llamada “Ley de Moore” -según la cual cada año desde 1965 se duplica el número de transistores en un microprocesador- anticipan saltos hacia adelante en la condición humana que apenas imaginamos. El futuro puede ser, incluso, poshumano: quizás se llegue a conquistar el espacio, pero puede que los viajeros interestelares no sean demasiado humanos.

El próximo paso: la vida exponencial publicado por OpenMind con el patrocinio del BBVA, visualiza este horizonte de incertidumbres y promesas a través de una veintena de contribuciones expertas, abarcando desde la nueva ciencia del envejecimiento, a la revolución robótica, pasando por el “internet de las cosas o la genómica.

El interés de una institución financiera en estos temas es comprensible, habida cuenta de que la relación de las personas con el dinero y con los bancos va a verse afectada por los desarrollos tecnológicos. La banca también será “exponencial”, como explica el mismo presidente del BBVA Francisco González: la banca móvil sustituirá progresivamente a la física, y la computación en la “nube” global permitirá ofertar de manera mucho más eficiente a muchas más personas. El futuro no es predecible en términos absolutos, pero sí podemos vislumbrar algunos escenarios basándonos en el mejor conocimiento científico disponible, como muestra el trabajo que hace la Unidad de Anticipación Científica del Parlamento Europeo, organismo que lleva tres décadas ayudando a los miembros de la casa a prever el impacto social de las nuevas tecnologías y en el que tengo la ocasión de participar como europarlamentaria.

Si es difícil lograr que la evidencia científica determine un presente aún muy “tribal”, afectado por fuertes sesgos ideológicos y religiosos, hacerlo en un futuro lejano marcado por cambios tecnológicos exponenciales parece una temeridad, algo que el especialista en inteligencia artificial Robin Hanson describe en su contribución a esta obra como intentar “influir en un río corriente abajo”. Pero, aunque no seamos capaces de alterar el curso del río, quizás sí podemos propinar “empujoncitos” en su cauce para alcanzar “sistemas estables posibles” y evitar algunos escenarios, incluyendo posibles panoramas climáticos catastróficos.

Es más, una estrategia alternativa no consistiría tanto en tratar de variar nuestro entorno, mediante procedimientos peligrosos como la geoingeniería, sino en hacer lo que S. Matthew Liao llama “ingeniería humana”, que consiste en impulsar modificaciones biomédicas de los humanos para permitir una mejor adaptación a las condiciones climáticas y ambientales nuevas. Quizás la propuesta de Liao, que incluye la sugerencia de crear humanos más pequeños para adaptarnos mejor a los cambios, nos parezca una medida estrafalaria ahora, pero vislumbres de futuros poco familiares son ya visibles.

Es posible que nos falten cuatro siglos para que la Inteligencia Artificial alcance las capacidades humanas normales -según otras estimaciones sólo faltan unas pocas décadas, y de hecho un experimento de la Royal Society evidenció que las máquinas pueden superar el “test de Turing”, un paso inicial en la carrera hacia la IA-, pero el avance seguro de los próximos años permitirá la creación de “robots autónomos avanzados” capaces de emular características humanas como mentir de forma convincente, tal como analizan en el libro Ken Warwick y Huma Shah. Y los avances no se limitarán a la mente de los robots, sino también a los “materiales inteligentes” analizados en la contribución de Jonathan Rossiter.

Aquí rodeamos ya un asunto especialmente inquietante: cómo las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) están alterando cómo entendemos la identidad humana. Como explica en el libro Luciano Floridi, profesor de ética en Oxford, estaríamos asistiendo a una cuarta revolución antropológica, tras la copernicana, la darwiniana y la freudiana, que como ellas va desplazándonos paulatinamente de la posición privilegiada que ostentábamos en el cosmos, en la naturaleza o en la mente consciente. Viviríamos cada vez más en una suerte de “hiperhistoria” donde las tecnologías “transmiten, pero sobre todo procesan datos de forma cada vez más autónoma, y las sociedades humanas dependen de ellas y de la información como recurso fundamental”.

Es más, esta revolución tecnológica exponencial también favorece grandes transformaciones en las sociedades políticas. Pasamos del orden “wesfaliano” consolidado a partir del XVII, con los estados-nación como agentes básicos de la información y principales agentes tecnológicos, a sociedades de información globales que favorecen la evolución de agentes políticos mayores que el estado-nacional histórico. Al mismo tiempo, la emergencia de riesgos globales desconocidos en otros tiempos históricos como el peligro de destrucción por una guerra nuclear, las modernas pandemias, las crisis alimentarias o las crisis financieras, nos obligan “a colaborar a una escala y en un nivel sin precedentes”, según apunta Seán Ó Héigeartaigh en su contribución al libro sobre imponderables tecnológicos.

El avance del mundo global e hiperhistórico, sin embargo, no es indiscutido. Como anota también Floridi, cabe esperar grandes resistencias por parte de los estados nacionales que desean conservar su soberanía y su monopolio tradicional de la información, sin olvidar el riesgo que conlleva una clase trabajadora desposeída por la automatización. Somos testigos de ello estos días con el resurgimiento de los nacionalismos europeos, con el ascenso de Trump y con el reforzamiento de naciones históricas como China o Rusia, mientras que proyectos con una vocación más global como la propia Unión Europea son puestos en discusión.

Otro tipo de resistencias al cambio son, quizás, más profundas. Al fin y al cabo aún conservamos algo así como “mentes de la edad de piedra”, habida cuenta de que los rasgos más sobresalientes de nuestra forma de pensar evolucionaron en un tiempo ancestral, mucho antes de que existieran polímeros biodegradables o pieles inteligentes. Si los psicólogos evolucionistas han detectado “desajustes evolutivos” en el tiempo histórico, queriendo decir que nuestro sistema de sesgos y creencias heredado no siempre nos prepara para afrontar con éxito los retos que se presentan en una vida más moderna, los desarrollos exponenciales en un tiempo “hiperhistórico” a buen seguro descubrirán nuevos retos mentales que estamos muy lejos de resolver de forma intuitiva o “natural”.

En definitiva, de algún modo tendremos que encontrar un equilibrio entre nuestras precauciones heredadas y los problemas que demandan soluciones evolutivamente novedosas. Una tarea que, a fin de cuentas, quizás consigan resolver por nosotros organismos artificiales más inteligentes que los humanos.

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