Tu verdad no, la verdad

Toma de Decisiones. Miguel Angel Ariño

Tu verdadno, la verdadHay bastantes periódicos que en su versión digital lanzan diaria o semanalmente una encuesta para ver qué opinan los lectores. Una pregunta típica sería ¿Va a ganar Barcelona la liga de futbol este año? o ¿Cree que abortar es un derecho de la mujer?, etc. Siempre hay tres posibles respuestas, “Si”, “No” y “No sabe/No contesta”

Ante la pregunta de si el Barça ganaría la liga este año, al cabo de unos meses, cuando la liga se ha acabado, se puede saber quiénes estaban en lo cierto y quiénes en el error. Lo mismo pasa con la pregunta sobre el aborto: abortar es un derecho de la mujer o no lo es, por lo que, tanto en un caso como en otro, unos están en lo cierto y otros en el error, pues no puede suceder que una cosa y su contraria sean ambas verdaderas (esto ya lo dijo Aristóteles).

Distintos son…

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Hacia la singularidad Tecnológica: Inteligencia Artificial dominando el mundo

Tan impresionantes son los evidentes peligros a los que nos enfrentamos como la poca atención o preocupación que parecen concertar entre la mayor parte de la población. Quizás no preocuparse sea una buena estrategia para llevar una vida tranquila, pero sin duda no es recomendable a la hora de pensar políticas para el futuro más cercano. La sociedad en convivencia con la inteligencia artificial no está tan lejos. Y sí, quizás haya que preocuparse un poco, aunque sólo sea para diseñar cómo vamos a establecer la relación con los robots inteligentes, que ya nos acompañan en muchos momentos de nuestro día a día.

El concepto de singularidad, aplicado en el ámbito de la tecnología, hace referencia a ese posible momento futuro en el que las máquinas alcancen una inteligencia igual o superior a la del ser humano, y sean autónomas en tareas como el aprendizaje o el mejoramiento. Es decir, máquinas (ordenadores, robots, programas informáticos…) capaces de aprender por sí solas y de mejorarse a sí mismas. Además, podrían igualar al cerebro humano si adquirieran habilidades emotivas y racionales.

Por el momento el ser humano ya ha creado máquinas que dominan la inteligencia perceptual (reconocimiento de imágenes, de sonido, transcripciones del habla, clasificación de imágenes…) y que incluso pueden crear algoritmos para generar sonidos e imágenes manejando redes adversarias generativas, es decir, que permiten generar nueva información a partir de la que ya se tiene. Si bien las máquinas actuales realizan todo esto gracias a una base informativa facilitada por un ser humano (un programador, un ingeniero, un informático…), los expertos coinciden en que hacia las décadas de 2040 o 2050 se habrá conseguido que las inteligencias artificiales construyan desde cero el conocimiento, planificando jerárquicamente la información y entendiéndola.

Es importante recordar que no estamos hablando de una sociedad en la que los coches vuelen y la gente viaje a Marte de vacaciones, sino de un futuro cercano en el tiempo (¿qué son cuarenta años en la escala humana? ¿cuánto se ha avanzado tecnológicamente desde 1970?) que plantea situaciones muy interesantes para abrir el debate, aunque puedan parecernos ficticias o inverosímiles.

Posibles escenarios en el futuro próximo:

Antes de hablar de una superinteligencia que quiera aniquilar al ser humano porque es muy mala (parece que esa es la aproximación más extendida que se plantea para abordar el tema de la inteligencia artificial), es necesario situarnos temporalmente y tratar de adivinar qué será lo primero que llegue a nuestras sociedades. Antes de tener robots terminators que se adueñen del mundo o programas informáticos que nos esclavicen, habrá situaciones mucho menos excitantes pero que nos pondrán en complicados debates morales, políticos, sociales, jurídicos, filosóficos, éticos y hasta familiares.

Hasta ahora la relación con las máquinas ha sido fría como el metal del que están hechas. Las diseñamos y observamos cómo realizan la tarea que les hemos encomendado. Están a nuestro servicio. Tienen formas extrañas, con cables, pantallas y luces cubiertas por duras carcasas de plástico. Viven en el interior de fábricas de las que salen nuestros coches y electrodomésticos, las tenemos escondidas para olvidar que hacen muy bien su trabajo. Esta relación distante y de superioridad puede cambiar próximamente, cuando veamos a las máquinas de manera distinta.

Un ejemplo está en los llamados robots de compañía, que podrían entrar en contacto con nosotros muy pronto en forma de ayuda a ancianos, como objetos sexuales o como simples elementos de ocio. El mercado de los robots sexuales está en crecimiento, y ya hay empresas que venden este tipo de acompañantes por 15.000 euros. Los robots (modelos masculinos y femeninos) tienen proporciones físicas perfectas e incluso varias personalidades programadas. Existe la muñeca robótica Roxxxy Gold, con la que se puede practicar sexo poniéndola en modo “salvaje” o “frígida”. En cuanto a los robots de asistencia para personas mayores, tanto en China como en Japón ya se están poniendo en marcha los primeros proyectos en residencias y hospitales. Es mucho más eficiente y barato tener a un robot haciendo ejercicios delante de un grupo de ancianos que malgastar el tiempo de un humano que podría estar haciendo otro trabajo mucho más importante.

Existe una discoteca donde la música la pone y mezcla un robot. Aunque su aspecto sigue siendo el de un brazo metálico, bastaría con darle forma humana para que se pudiera empatizar con este DJ robótico. Eso se intenta con Androidol U, una presentadora de televisión japonesa que puede hacer su programa en directo sin necesidad de descansar: es un androide. También hay robots policías patrullando aeropuertos: ¿cómo reaccionaríamos si un montón de cables y circuitos nos quisiera detener? ¿obedeceríamos? Como hemos dicho, hasta ahora la relación entre humanos y máquinas se ha basado en el poder del creador, pero si otorgamos cualquier tipo de autoridad a un robot, pueden generarse situaciones inéditas.

Hablamos de máquinas y robots, pero la inteligencia artificial no conoce forma física concreta. Al moverse en la dimensión virtual, la IA puede ser un programa informático sin apariencia humanoide ni robótica. Es en estos casos de hecho donde vemos el mayor poder de la inteligencia artificial, como ocurre con SkyNet, un programa informático  capaz de reconocer objetos y a personas que ha sido instalado en China para garantizar la seguridad (y vigilancia) de todos los ciudadanos. SkyNet tiene más ojos que nadie: 20 millones de cámaras le facilitan imágenes y él se encarga de reconocer facialmente a cada ciudadano.

El debate que surge con la puesta en práctica de este tipo de tecnologías tiene que ver con cuestiones de privacidad, intimidad y derechos de las personas. El aumento de la seguridad casi siempre va atada al descenso de los derechos, pero en el caso de la IA se suma el factor de que es un robot quien invade la intimidad y utiliza con autonomía nuestros datos. ¿Estamos indefensos ante la vigilancia automatizada? Ante esta situación habrá quien prefiera confiar su seguridad a la inteligencia humana, y otros confiarán más en una inteligencia artificial. Los seres humanos cometemos muchos más errores, sin embargo cuando falla un robot, la alarma es mayor.

Este mismo año 2018 se ha producido el primer atropello mortal causado por un coche inteligente. El determinismo algorítmico y las decisiones automatizadas no siempre aciertan. Las mismas reglas se aplican a los sistemas financieros automatizados. ¿Qué ocurriría si una IA cometiera un accidente manejando flujos de dinero y nos hiciera perder miles de millones? Noticias de este estilo fomentan interesantes debates políticos, sociales, éticos y hasta jurídicos: ¿quién tiene la culpa cuando una inteligencia artificial causa un accidente o comete un delito, la máquina o la persona que la diseñó? Nadie duda que en la actualidad la responsabilidad es de la empresa y los ingenieros detrás de la máquina, pero en unos años este escenario puede cambiar.

¿Dejarías a un algoritmo decidir? Seguramente el determinismo algorítmico no nos importe para el caso de Spotify, que con su inteligencia nos recomienda las canciones que sabe nos van a gustar pero, ¿y en los coches? ¿dejaríamos a la IA que tomara las decisiones que creyera oportunas en la carretera mientras nos lleva a donde le hemos dicho? ¿y en casa? ¿nos parecería bien ceder la cuchara y que fuera una IA quien nos cocinara la comida que sabe que preferimos? Ahí se podría decir que el robot tiene la sartén por el mango… ¿Querríamos que una inteligencia artificial nos presentara cada mañana un resumen de las noticias de los medios de comunicación que ha identificado como más importantes? ¡Nunca leeríamos nada diferente, siempre las mismas fuentes de información!

Todas estas cuestiones que se plantean parecen otorgar intencionalidad a las acciones de los robots inteligentes. ¿Realmente serán capaces de tener intenciones? Y, si no hay intencionalidad, ¿se les puede exigir responsabilidad? ¿en qué medida las máquinas podrán ser responsables de sus actos?

Aceptar que los robots deben tener una responsabilidad es adjudicarles deberes, y en ese sentido es interesante recordar la propuesta que la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas hizo en el Parlamento Europeo en 2016, en la que se pedía que los robots adquirieran el estatus jurídico de ‘personas electrónicas’ para que, entre otras cosas, tuvieran el deber de pagar impuestos. Según como entendemos las relaciones en sociedad, tener deberes va a acompañado de disfrutar de ciertos derechos. Si se avanza hacia una verdadera inteligencia artificial, los robots podrían adquirir derechos derivados de su trabajo. Ya hay inteligencias artificiales componiendo música o pintando cuadros. ¿A quién pertenecen las obras creadas por robots? ¿a los robots?

En 2017 tuvo impacto la noticia de que un ingeniero chino se había casado con una mujer robot diseñada por él mismo. Más allá de la ridiculización que podamos hacer en la actualidad de este tipo de matrimonios, en un futuro no muy lejano pueden aceptarse socialmente.

La relación con la inteligencia artificial es distante para la mayor parte de la población, pero ya hay algunos que se están preparando para la singularidad tecnológica creando partidos políticos y movimientos que piensan estrechar lazos con los futuros robots inteligentes. El transhumanismo es una corriente que defiende la transformación de la vida humana, evolucionando hacia una especie de ciborgs que combinen lo mejor de nuestra biología con el poder de la tecnología más avanzada. En la actualidad ya hay personas que son “ciborgs”, ya que dependen de la tecnología para cumplir alguna función biológica, pero lo que propone el transhumanismo va mucho más allá, proponiendo transformar la condición humana y mejorar las capacidades humanas. Ya hay un candidato a la presidencia de Estados Unidos que es transhumanista, y en España también existe un partido transhumanista llamado Alianza Futurista. De nuevo, bajo nuestra óptica todo esto parece una locura, pero no deberíamos infravalorar nuestra propia capacidad para evolucionar tecnológicamente. De hecho, parece inevitable que lo hagamos.

Hacia la inevitable singularidad tecnológica:

Como dice el neurocientífico y filósofo Sam Harris, teniendo en cuenta lo valioso que son el conocimiento y la tecnología, el ser humano nunca dejará de buscar mejoras en esos campos. El ser humano nunca dejará de progresar tecnológicamente. Nunca ningún gobierno, empresa o institución internacional recomendaría dejar de aprender, dejar de extender las fronteras del conocimiento o dejar de innovar. No concebimos la posibilidad de dejar de hacer mejoras en nuestra tecnología de manera permanente. De esta manera, parece evidente que el ser humano va a seguir progresando tecnológicamente, haciendo sus máquinas cada vez más inteligentes. Lo que nos lleva, inevitablemente, a que tarde o temprano acabaremos desarrollando ordenadores, programas, máquinas y tecnologías más inteligentes que nosotros.

En realidad no importa el momento en el que ocurra o la rapidez del proceso, lo importante realmente es el hecho de que ocurrirá. Llegará tarde o temprano, pero llegará. Ese momento en el que se de la singularidad, y en el que el ser humano no sea el ser más inteligente del planeta. En un escenario en el que máquinas inteligentes sean capaces de crear otras máquinas inteligentes, el ser humano podría sufrir una especie de marginación intelectual, debido a que sería intelectualmente inferior a los robots.

Algunas de las razones que cita Sam Harris para apoyar la idea de que el ser humano alcanzará inevitablemente la creación de inteligencias artificiales superiores son estas:

  • El ser humano no se encuentra actualmente en su pico de conocimiento ni de desarrollo. No estamos todavía explotando nuestras capacidades intelectuales ni tecnológicas en todo su potencial. Por lo tanto el ser humano seguirá mejorando estas capacidades, enunciando mejores teorías que expliquen el Universo, conociendo mejor la Naturaleza… y construyendo mejores tecnologías.
  • La industria de la inteligencia artificial reporta enormes beneficios económicos. Un factor clave para que las empresas sigan promoviendo avances en este campo, creando un escenario de competición continua que sin duda acelerará los seguros progresos tecnológicos. El primero que consiga crear una superinteligencia artificial habrá ganado la partida. Una peligrosa carrera hacia la singularidad.

La cadena trófica a nivel tecnológico:

¿Por qué somos mejores que los monos? ¿por qué un chimpancé es superior a un escarabajo? ¿por qué un delfín está por encima de una sardina? La respuesta parece estar en la superioridad física, pero es la inteligencia el factor que define la posición en la pirámide de poder animal. Lo que hace poderosos a los seres humanos sobre otras especies no son sus músculos o sus capacidades físicas, sino su inteligencia, su capacidad intelectual.

Que nuestro cerebro sea más inteligente que el cerebro de un delfín o de un chimpancé nos ha permitido acumular cultura y experiencia de generación en generación, y así inventar tecnologías y una organización social complejas. Pero estos atributos que ahora nos ponen en una posición espacial podrían pertenecer luego a las máquinas inteligentes del futuro, que podrían superarnos drásticamente en esa inteligencia que permite la innovación tecnología, la organización compleja, la planificación a largo plazo, etc.

Las capacidades de aprendizaje y planificación son dos habilidades que otorgan inteligencia. Las especies que han conseguido aprender de la experiencia y planificar pensando en el futuro demuestran tener una inteligencia superior. Por el momento las máquinas no son capaces de hacerlo partiendo de cero, es decir, siguen necesitando a un programador humano que les otorgue una serie de datos con los que empezar a trabajar. Cuando consigamos crear algoritmos que sean capaces de aprender como lo hace un bebé humano, entonces estaremos muy cerca de crear inteligencias artificiales avanzadas.

Según Sam Harris, la inteligencia es producto del procesamiento de información. Las máquinas tienen cantidades enormes de información, son capaces de procesarla y almacenarla mucho mejor que los humanos, por lo tanto: ¿las máquinas tienen inteligencia?

En 2011 el famoso concurso Jeopardy tuvo un ganador inusual. Un robot llamado Watson y cargado con una inteligencia artificial diseñada por IBM venció a los demás concursantes demostrando una cultura casi infinita y, lo que es más sorprendente, la capacidad de reconocer el lenguaje humano. Sin duda este hecho fue un paso importante para conseguir inteligencias artificiales complejas.

El momento de singularidad se apoya en argumentos como el potencial de una máquina superinteligente, que excede por mucho a las capacidades humanas. Atendiendo meramente a descripciones y cualidades físicas, comprobamos que las máquinas tienen las de ganar. Básicamente porque el umbral en el procesamiento de información en una infraestructura artificial se encuentra mucho más allá de los límites del tejido biológico. Para empezar, una neurona biológica manda impulsos a unos 200 hertz, 200 veces por segundo, mientras que incluso un transistor actual opera a la frecuencia de los gigahercios. Las neuronas propagan el impulso lentamente a lo largo de los axones, a un máximo de 100 metros por segundo, pero en los ordenadores, las señales pueden viajar a la velocidad de la luz. Además, hay diferencias físicas relativas al puro tamaño: un cerebro humano tiene que caber dentro de un cráneo, pero un ordenador puede ser del tamaño de un almacén o un edificio.

Teniendo todo esto en cuenta y dando por hecho que la singularidad llegará en algún punto de la historia humana, podemos tratar de apuntar algunas ideas de cómo podría ser ese escenario futuro. Como muchos esperábais, es hora de hablar de Terminator, Matrix y el Apocalipsis. Y no son imaginaciones de agoreros que hablan en canales de historia frikis, sino apuestas de mentes brillantes y estudiosas como la de Stephen Hawking, que asegura que “el desarrollo total de la inteligencia artificial podría propiciar el fin de la raza humana”, o Elon Musk, que advierte que “liberar energía es fácil: lo difícil es contenerla”.

Debemos preguntarnos: ¿Sabremos contener el poder de la inteligencia artificial? Se ha demostrado que, a medida que la tecnología mejora, crece su potencial destructivo, y la clave está en el uso que el ser humano hace de ella. Uno de los escenarios que se quiere evitar es que la tecnología con capacidad destructiva caiga en manos de grupos terroristas: no queremos que tengan el poder de destruir nuestra red informática, de acceder a nuestros datos o de diseñar armas autónomas. Pero en un estadio más avanzado, cuando hayamos sido capaces de desarrollar esta tecnología sin que ningún humano con malas intenciones se aproveche de ella, ¿cómo asegurar que la propia tecnología no se volverá contra nosotros?

Todo es cuestión de perspectiva. No debemos ver a los robots superinteligentes como seres malvados y con ansias de dominar el mundo, sino más bien ponernos en su lugar. ¿Cómo actuamos nosotros ante una hormiga? ¿cómo tratamos a los animales que nos acompañan en este planeta? Son inferiores a nosotros, y los vemos bajo esa óptica. Les podemos tratar bien o mal, pero siempre desde una posición de superioridad y atendiendo a nuestras preferencias. Lo mismo podría ocurrir con las IA, que llegaran a vernos como nosotros vemos a un chimpancé. Sin malas intenciones (todo lo contrario, buscando preservar el mundo y la raza humana), los robots superinteligentes podrían considerar que lo mejor es limitar la población humana, exterminando a unos cuantos millones de personas. Según los cálculos perfectos de los robots, esa decisión sería la mejor entre todas las posibilidades, y beneficiaría tanto a humanos como a máquinas. Esto desde nuestra perspectiva sonaría horrible, pero desde el punto de vista de la IA podría ser la mejor estrategia para el bienestar general.

El ejemplo utilizado lleva al extremo lo que podría ocurrir, y la clave es entender que podemos llegar a un futuro en el que las situaciones y acciones se vean determinadas por las preferencias de las superinteligencias. Al ser los seres más inteligentes y poderosos, hay pocas razones que inviten a pensar que no harían uso de esa posición de superioridad para imponer sus ideas y políticas.

De nuevo, hay que hacer un ejercicio de empatía con los robots superinteligentes. Pensemos cómo vemos a un escarabajo que se cruza en nuestro camino, qué pensamos de los estúpidos monos que se comen las pulgas… ¿a caso no nos creemos seres infinitamente superiores? ¿a caso no es así como nos ven los demás animales del planeta? Pues hora imaginad un mundo en el que el ser humano no es el animal más inteligente del planeta.

Las capacidades de las IA serán algunas como el aprendizaje más rápido, el trabajo infatigable, habilidades sin error, replicación más numerosa, inmutabilidad emocional… una serie de características que les harán efectivamente superiores a los humanos. Entonces, ¿qué futuro nos espera? ¿Esclavitud de las personas? ¿destrucción del ser humano? ¿dominio total de las maquinas? Un mundo como el de Matrix, donde hombres y máquinas luchan y destruyen el planeta, puede sonar demasiado apocalíptico, pero existe un precedente muy utilizado por los catastrofistas: en 2007 un cañón robotizado mató por error a nueve soldados en Sudáfrica. Evidentemente no lo hizo a propósito, pero la alarma se extiende entre la población: ¿qué harán las armas automatizadas cuando sean inteligentes? ¿cómo seleccionarán sus objetivos? ¿atacarán a población civil para acabar con un terrorista?

En Enero de 2015 una serie de personalidades firmaron un manifiesto advirtiendo de los peligros de la IA, y Hawking ya previó que “los humanos, limitados por una evolución biológica lenta, no podrán competir y serán superados”.

El mayor reto: robots inteligentes… y emocionales:

Que conseguiremos diseñar robots inteligentes parece seguro, el reto es crear sistemas artificiales alineados con los valores humanos, y que siempre hagan lo que nosotros queremos que hagan. La pregunta es cómo codificaremos las máquinas para que nunca se vuelvan contra la humanidad.

En 1942 Isaac Asimov propuso una serie de leyes que debían incorporarse a los algoritmos que viajan por el sistema de circuitos y microchips que componen los cerebros positrónicos de los robots. Estas leyes establecen lo siguiente:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano, ni permitirá con su inacción que sufra daño.
  2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Los programadores tendrán que descubrir cómo introducir los valores humanos en una maquina para que no solo siga al pie de la letra nuestra peticiones y órdenes, sino que además entienda la intención tras ellas. No será sencillo escribir esos algoritmos, pero Ian Winfield ya ha demostrado que un robot puede actuar éticamente sin entender nada de ética o moral: puso a una máquina en una situación extrema de tener que salvar a dos personas en peligro de muerte. En vez de escoger una de ellas, el robot automáticamente se decidió por rescatar a las dos.

En el caso de poder crear una IA perfecta, capaz de extrapolar las intenciones que tenemos los humanos, entonces no tendremos de qué preocuparnos. Además, si la inteligencia artificial termina siendo capaz de hacer todo o buena parte de nuestro trabajo intelectual mejor que nosotros, entonces Nick Bostrom asegura que tendremos en nuestras manos el último invento que tendrá que realizar la humanidad.

Si conseguimos crear una IA súper-inteligente, con buenas intenciones, con ética y moral, que no nos haga daño, que nos obedezca, que no destruya a la Humanidad, que funcione con energía solar y que sea servicial… entonces el futuro que se abre ante nosotros es el de Wall-E. En ese momento de singularidad el ser humano ya no tendrá que seguir pensando, innovando, creando, estudiando… el trabajo intelectual lo harán las máquinas. Contando con que del trabajo físico ya se habrán encargado previamente, ya no habrá tareas para las personas.

Estaremos de vacaciones, leyendo, viendo la televisión, haciendo deporte y disfrutando de la vida. Suena muy bien, pero esa sociedad futura se enfrentará a problemas como el desempleo o la obesidad y a debates existenciales profundos. Podremos estar todo el dia jugando a videojuegos, que no se distinguirán mucho de la vida real, y quizás recemos a un Dios digital, a un programa informático, como ya hacen los seguidores de la nueva religión Way to the Future. Que este futuro sea ciencia o ficción depende de nosotros mismos. ¿Hacia dónde vamos como sociedad si seguimos progresando?

Ver video: “Singularidad Tecnológica : ¿Fin del ser humano?“.

 

Fuente: Juan Pérez Ventura. https://vaventura.com/

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Damasio y los 10 vectores que definen el Nuevo Management

 

El neurocientífico Antonio Damasio, eminencia que trabaja en la Universidad del Sur de California, acaba de publicar un nuevo libro, ‘El extraño de las cosas’, tras sus éxitos ‘El error de Descartes’ y ‘En busca de Spinoza’. Un análisis sobre el papel de las emociones y el origen de las culturas.

El profesor Damasio divide el texto en tres partes:

A. Sobre la vida y su regulación (Homeostasis):

El ser humano se enfrenta al sufrimiento y de ahí los sentimientos. Los sentimientos construyen de tres maneras el proceso cultural: como factores de motivación de la creación intelectual, como controladores del éxito o el fracaso de los instrumentos y prácticas culturales, participando en la negociación de los ajustes que el proceso cultural requiere a lo largo del tiempo.

Homeostasis: “La vida se regula dentro de manera que no sólo sea compatible con la supervivencia, sino que contribuya también a la prosperidad, a una proyección de la vida hacia el futuro de un organismo o de una especie”. La homeostasis ha guiado de una forma inconsciente la selección biológica. “En el camino hacia la mente cultural humana, la presencia de sentimientos habría permitido que la homeostasis efectuara un salto espectacular porque éstos posibilitaban una representación mental del estado vital de ese organismo dentro del organismo”.

La vida se inició en el planeta hace 4.500 M de años, las protocélulas hace 4.000 M, las primeras células hace 3.700 M años, las células eucariolas hace 2.000 M años, los organismos pluricelulares hace 600 M años y los sistemas nerviosos hace 500 M años.

B. El ensamblaje de la mente cultural:

El origen de la mente: las imágenes requieren un sistema nervioso. Mentes en expansión (Pessoa vio su mente como una orquesta oculta): significados, traducciones visuales y construcción de recuerdos. El mundo del afecto: sentimientos (experiencias mentales, conscientes), con su valencia (cualidad intrínseca de la experiencia), que pueden ser espontáneos o provocados. Las respuestas emotivas se desencadenan de forma automática e inconsciente, sin intervención de nuestra voluntad. Los impulsos, las motivaciones y las emociones convencionales poseen una capacidad social intrínseca.

“La buena poesía depende de la superposición de sentimientos”. “Tanto en su forma positiva como en su forma negativa, los sentimientos cumplen su papel de factores de motivación del desarrollo de los instrumentos y de las prácticas de las culturas”. La consciencia: frente al escenario del teatro se siente una especie de “Nosotros mismos”. La subjetividad es el primer e indispensable componente de la consciencia, con dos ingredientes: la construcción en la mente de una perspectiva para las imágenes y los sentimientos (“la guarnición que acompaña a esas imágenes”). El segundo componente de la consciencia es la integración de experiencias. Pasamos de la percepción a la consciencia.

C. Cómo trabaja la mente cultural. Las culturas tienen raíces biológicas, rasgos distintivos (los sentimientos como árbitros y agentes de motivación). De las creencias religiosas y la moralidad a la política. “Las artes, la indagación filosófica y las ciencias utilizan una gama especialmente amplia de sentimientos y estados homeostáticos”. Damasio nos habla de medicina, inmortalidad y algoritmos. La educación es la manera más evidente de avanzar.

El extraño orden de las cosas: las facultades superiores más extrañas del ser humano son los sentimientos y la consciencia.

Interesantes propuestas las de Antonio Damasio que parten de Jean Genet y su libro ‘L’Atelier du Alberto Giacometti’: “La belleza no tiene otro origen que la herida singular, diferente para cada persona, oculta o visible”. Heridas, sentimientos, mente, cultura (un término de Cicerón, “cultura animi”, el cultivo del alma).”

“Mi idea es, en esencia, que la actividad cultural comenzó profundamente unida a los sentimientos y que esta unión ha permanecido intacta. La interacción, tanto favorable como desfavorable, entre el sentimiento y la razón debe ser tomada en cuenta si pretendemos comprender los conflictos y las contradicciones de la condición humana”.

Para Damasio, en el proceso cultural hay algo más que la intervención del lenguaje, siendo éste fundamental para los procesos de creación y de comunicación: “Cuando un organismo vivo se comporta de manera inteligente y logra sobrevivir en un entorno social, suponemos que ese comportamiento es el resultado de la previsión, la deliberación y la complejidad de un sistema nervioso. Sin embargo, ahora es evidente que tales comportamientos pudieron haber surgido ya en un organismo tan simple como una única célula, a saber, en una bacteria, en los primeros tiempos de la biosfera” (Antonio Damasio)

He estado leyendo además esta mañana en L’Espai del Talent, en la revista de AEDIPE Catalunya, el artículo de Xavier Marcet: ‘El Nuevo Management y los 10 vectores que lo definen’. Aprecio especialmente el criterio de Xavier Marcet y he comentado su último libro contra la Mediocridad en este Blog. Gracias, Xavier, por compartir tu sabiduría. Es el paso de lo complicado a lo complejo (a lo VUCA: Complejidad con Volatilidad, Incertidumbre y Ambigüedad). Para gestionar mejor la complejidad:

1. Más estrategia y menos planificación. Definir visiones, programación efímera, organizaciones ambidiestras que sepan explorar y explorar futuros.

2. Capacidad de adaptación. Se trata de diferenciar para crear valor a los clientes y remover estructuras.

3. Agilidad.

4. Centralidad del cliente.

5. Gestión del talento (y del no talento)

6. Líderes que llenan sus agendas de sentido

7. Transformación cultural como sustrato del cambio.

8. Comunicación y síntesis.

9. Autenticidad.

10. Empresas con alma.

Diez vectores para organizarnos y dirigir de forma diferente.

Fuente: Juan Carlos Cubeiro.

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El peso de la inteligencia emocional en el éxito de las organizaciones

El peso de la inteligencia emocional en el éxito de las organizaciones

Ni el propio Daniel Goleman podría dar crédito a la omnipresencia del término inteligencia emocional desde que en 1995 publicara su best seller mundial. Solo en Google la búsqueda arroja 15 millones de resultados aproximadamente. Aunque surgió para dar a conocer los descubrimientos sobre el cerebro y las emociones y sus implicaciones en las escuelas y el desarrollo infantil, ha sido una magnífica sorpresa su influencia en el mundo empresarial respecto a una nueva forma de concebir el liderazgo empresarial: “mandar con corazón”.

La inteligencia emocional entendida como el adecuado conocimiento y gestión de las emociones dispara la eficacia del liderazgo. El líder tiene la tarea fundamental de despertar los sentimientos positivos de sus colaboradores: la inspiración, el entusiasmo, la motivación… Ese clima es el más propicio para que se desarrollen las personas y saquen lo mejor que llevan dentro: su talento.

El modelo de Goleman se centra en la conducta, en el rendimiento laboral y en el liderazgo en las organizaciones. Tiene dos competencias principales (personal y social), que dan lugar a cuatro dominios (autoconciencia, autogestión, conciencia social y gestión de las relaciones), que en total abarcan dieciocho capacidades asociadas. Profundizaré un poco en ello:

  • La competencia personal se refiere a la relación que tenemos con nosotros mismos: autoconciencia y autogestión y es la buena correlación entre ambas la que lleva al autodominio, es decir, alcanzar el estado cerebral más adecuado para realizar una tarea. Estas capacidades son las que permiten que una persona tenga un excelente rendimiento en cualquier ámbito y en una organización distingue a aquellas personas con una gran aportación propia, “las estrellas solitarias”. Dominar la autoconciencia significa ser consciente de las emociones propias y reconocer su impacto, conocer las fortalezas y debilidades de uno y, además, mostrar seguridad y objetividad en esa valoración, es decir, tener autoconfianza. Por otro lado, el dominio de la autogestión muestra la capacidad para manejar adecuadamente las emociones incluso en situaciones de conflicto, de adaptarse a los cambios superando los obstáculos y de trabajar desde la excelencia con iniciativa propia y una conducta positiva.
  • Por otro lado está la competencia social, que determina el modo en que nos relacionamos con los demás. La conciencia social, abanderada por la empatía, significa compenetrarse con las emociones de los demás comprender sus puntos de vista y mostrar un interés auténtico por las cosas que les preocupan. En un contexto global como el actual, en el que se reivindica cada vez más la diversidad, es clave para llevarse bien con personas de otros orígenes y culturas. Y qué decir de la capacidad para reconocer y poder satisfacer las necesidades tanto de clientes, como de colaboradores y compañeros en una organización. Y, en esta vertiente social, la gestión de las relaciones es fundamental para influenciar e inspirar. Se trata, por ejemplo, de contribuir a que los demás desarrollen sus habilidades a través del feedback como motor de desarrollo personal y de los equipos de trabajo. En el cambiante entorno actual permite catalizar los cambios y la gestión de los conflictos que llevan implícitos, y es muy relevante para la creación y colaboración en los equipos de trabajo.

Travis Bradberry, presidente de TalentSmart, probó la inteligencia emocional junto con otras 33 habilidades importantes en el lugar de trabajo y descubrió que es el mejor predictor de rendimiento (mucho más que el cociente intelectual), lo que explica un 58 por ciento de éxito en todos los tipos de trabajos. Es tal el impacto de la inteligencia emocional en el éxito personal y profesional que en su informe “El futuro de los empleos (2016)”, el Foro Económico Mundial hacía un listado de las que consideraba que serían las diez competencias más demandadas por las empresas en el horizonte de 2020, y requieren precisamente importantes dosis de control socioemocional.

El gráfico inferior del Foro Económico Mundial muestra cuáles serán en 2020 las habilidades más importantes y cuáles lo eran hace tres años: 

Capacidades del empleado 2020, según el Foro económico Mundial

La capacidad de resolver problemas complejos, el pensamiento crítico, la creatividad, la gestión de personas, la coordinación con los demás, la inteligencia emocional, el juicio y la toma de decisiones, la orientación al servicio, la negociación y la flexibilidad cognitiva conforman ese horizonte de habilidades anheladas. Por tanto, se entiende, como señalaba en mi post El reto de ser aprendices permanentes en el siglo XXI, que “la educación debe dar un giro radical desde la memorización de contenidos hacia el desarrollo de las habilidades necesarias en la era digital”, y que la inteligencia emocional se encuentre en el top 10 de esas competencias que contribuirán a que, poco a poco, se cierre la brecha entre formación y empleo.

Rafael Bisquerra apunta que el “analfabetismo emocional” de nuestra sociedad contribuye a explicar la prevalencia de casos de ansiedad, estrés, adicciones, violencia, conflictos o comportamientos de riesgo. Y eso justifica, en su opinión, la necesidad de desarrollar competencias emocionales básicas para la vida que no están contempladas en ninguna etapa de la formación reglada.

Y yo me pregunto, ¿la instauración de competencias emocionales en infantil, primaria, secundaria y universidad, tanto a alumnos como a docentes, no contribuiría a un mayor éxito académico y profesional y a un mejor desarrollo presente y futuro de las personas frente a los nuevos tiempos?

¿Sabíais que hasta mediados del siglo XX la mayoría de los ciudadanos no practicaban deporte porque desconocían su beneficio? Ya llegamos tarde con el cuerpo, ahora en este siglo nuestro reto es cuidar y entrenar la mente. Y la clave para desarrollar más inteligencia emocional es la neuroplasticidad. El cerebro -qué gran noticia- sigue creciendo y moldeándose toda la vida, en un proceso de aprendizaje sistemático. Por tanto, las competencias no son innatas, es posible desarrollar una inteligencia emocional alta incluso si no se ha nacido con ella.

Fuente: . Ingeniero técnico de Informática de sistemas. En la actualidad desempeño mi labor en Telefónica como jefe de ventas en Andalucía Oriental, impulsando la transformación digital en las pymes. Coach ejecutivo profesional CORAOPS, mi filosofía es la del aprendizaje continuo. Como runner me encantan las medias maratones.

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El Valor del Esfuerzo

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Quien ha sido durante casi tres décadas el entrenador, mentor, apoyo, estratega y ancla emocional de uno de los mejores tenistas de la historia, Rafa Nadal, nos desvela algunas de las claves de su educación: la humildad, el esfuerzo, el respeto al rival, la modestia, etc; nos lo cuenta aderezado con anécdotas de su andadura con Rafa.

Toni Nadal ha sido durante más de tres décadas el entrenador de Rafa Nadal. Ahora da un paso a un lado, para centrarse en su labor pedagógica.

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Prepararse para un trabajo que aún no existe

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Quizá los cambios vertiginosos del mercado laboral no lo permitan, pero sería una ventaja incomparable poder formarse y adaptarse ya a los nuevos perfiles que serán cotizados en el futuro. ¿Es posible hacerlo?

Experto en la tecnología blockchain especializado en criptomonedas, piloto de drones, impresor de órganos humanos, científico de datos -que ya se considera la profesión más sexy del mundo-; profesionales del Internet de las Cosas -un sector que hoy mueve más de 638.000 millones de euros- o de big data; la actividad de gestión del cambio de los transformation digital managers; las profesiones relacionadas con la inteligencia artificial, la realidad virtual, o los DevOps que desarrollan sistemas para planificar la evolución a largo plazo y el ciclo de vida de los productos… Son sólo algunos de los nuevos trabajos -muy influidos por la tecnología- que hoy se encuentran entre los más cotizados, pero que dentro de un lustro podrían haber desaparecido. Ninguna de estas actividades era imaginable hace apenas una década.

La volatilidad del mercado laboral y el ritmo vertiginoso al que cambian las exigencias de los empleadores nos obliga ya a estar preparados y actualizados para una nueva época profesional en la que surgen carreras y puestos inimaginables para responder a necesidades -algunas efímeras- del mercado laboral y de las empresas.

Los expertos suelen decir que la clave para un cambio en nuestra vida profesional está en pensar a largo plazo, tratando de adelantarse a los cambios del mercado. La cuestión es si resulta posible predecir hoy los perfiles que pueden llegar a tener éxito en los próximos años y, lo que es más importante: si existe alguna manera de prepararse y formarse para responder a ese futuro laboral y a las nuevas profesiones.

Jesús Vega, experto en gestión de personas, considera que “la única certidumbre hoy es la incertidumbre. No sabemos qué va a pasar y es muy difícil hacer predicciones. Pero desde hace años la formación tal como la conocemos es irrelevante. Casi todo lo que viene nuevo no se aprende en la Universidad, tanto lo que se refiere a conocimientos técnicos como a habilidades”.

Áreas de inspiración:

No se puede predecir lo que va a pasar pero Vega cree que “es posible encontrar áreas de inspiración -la mayoría de ellas viene por la tecnología- que nos permitan ser competitivos. Hoy no hace falta ser un experto en user experience, pero sí es necesario saber que la época del producto ha terminado y que hay que dominar la experiencia del cliente”.

Para el experto, “lo importante es estar al tanto de lo que está pasando y saber cuáles serán las habilidades que se exijan en el futuro. Es necesario abrir la mente a todo lo que está viniendo y saber qué recursos podemos utilizar. Se trata más de desaprender que de aprender”.

Si alguien es capaz de prever qué estará haciendo dentro de un lustro tendrá una gran ventaja competitiva, porque podrá desarrollar nuevos conocimientos y competencias que le llevarán más cerca de donde quiere llegar.

Miguel Ángel de los Santos, director comercial y de operaciones de Experis IT, se refiere a una “cuarta revolución industrial que afecta a los empleos. La gente que hoy está en el colegio trabajará en profesiones que ahora no existen”.

De los Santos identifica un nexo común: “Todo apunta hacia las competencias, aparte de la cualificación técnica. Estas competencias son la clave en cualquiera de los casos. Hay un cambio de modelo de negocio que obliga a una transformación de las organizaciones, y se presentan nuevas habilidades para ese cambio cultural de las empresas”.

Entre estas nuevas condiciones está la capacidad constante de aprendizaje -learnability- y la curiosidad por saber hacia dónde va el mercado, pero también la posibilidad de pasar de una función a otra en proyectos diferentes, sin olvidar la flexibilidad, la adaptabilidad y la tolerancia al cambio, todo ello en un entorno VUCA, que viene de Volatilidad, Incertidumbre (Uncertainly), Complejidad y Ambigüedad.

La agilidad y el sentido de la urgencia, la productividad para la consecución de resultados; la polivalencia dentro de las organizaciones; la capacidad de decisión; las habilidades tecnológicas, pasión, impulso, energía para lograr el éxito, espíritu emprendedor; las habilidades que nos permiten pensar de forma fuera de lo común y que tienen que ver con la creatividad; la inteligencia emocional o salirse del proceso para encontrar una solución más óptima; el dominio de idiomas; las habilidades relacionales y comunicativas o la experiencia, son otras capacidades esenciales que demanda el mercado laboral y que pueden darnos pistas acerca de lo que ya podemos ir haciendo para adelantarnos en la difícil tarea de adaptarnos a las nuevas profesiones que vienen, a falta de otras indicaciones más fiables.

Volver a los orígenes puede ser otra pista para predecir el futuro: aunque dentro de cinco años trabajaremos en profesiones bien diferentes, el 80% de las que existe hoy probablemente seguirá existiendo en el futuro (ingenieros, administración de empresas, economistas; abogados, médicos…). Serán las mismas, pero tendrán que irse especializando.

Nieves Huertas, directora de transición de carreras en Lee Hecht Harrison, cree que en esta necesaria adaptación a los cambios continuos, inmersos en un mundo tecnológico, “no debemos dejar de lado el mundo de las personas. Hay que actualizarse, pero las empresas seguirán siéndolo gracias a quienes trabajan en ellas. Así, cuando hablamos de las carreras del futuro -y sin olvidar la parte tecnológica- debemos seguir teniendo en cuenta las humanidades, porque el futuro de las profesiones también va por ahí. Hay que seguir trabajando los valores, la empatía, el bienestar de las organizaciones…”.

Huertas cita sectores de futuro hacia los que se debe dirigir la formación, como la ingeniería, la robótica, Internet o el comercio electrónico. Añade las cuestiones que tienen que ver con la salud y la calidad de vida. Sin olvidar la realidad de que viviremos más años. Hay un negocio de la inmortalidad que tiene futuro, igual que aquellas carreras orientadas al bienestar personal o a la asistencia y a los tratamientos personalizados.

También el medio ambiente incluye oportunidades de futuro: reciclaje, energías renovables o alimentos y nutrición saludable y sostenible son ejemplos claros. Y además de todo esto, Huertas insiste en materias tradicionales como la psicología o la filosofía, que presentan un nuevo futuro. Parece evidente que algunos temas éticos aplicados a nuevos sectores y actividades -el coche autoconducido, por ejemplo- implican una reinvención de los perfiles profesionales de psicología o filosofía.

Se está dando ya una revolución del comportamiento que incluye negocio y psicología del comportamiento: psicología, demografía, sociología o antropología. Además, los estudios del comportamiento de personas se usan para patrones de consumo. Sin olvidar la formación en neurociencia y ciencias del comportamiento.

Nieves Huertas concluye que “es necesario encontrar entornos de felicidad para las nuevas profesiones, pero hay que estar al tanto de todo y actualizarse. Estudiar, estudiar, estudiar…”.

Silvia Leal, experta en transformación digital, coincide en esta necesidad de formarse: “Cuando alguien estudia una carrera adquiere conocimientos, pero también una estructura mental, y eso resulta útil, independientemente del trabajo que uno haga. Lo importante es formarse. El desempeño de una profesión lo enseña todo, pero nunca se justifica el hecho de no estudiar”.

Conviene tener cuidado con lo que algunos denominan la burbuja de las profesiones: no es fácil distinguir entre lo que es y será una nueva profesión y lo que sólo es una función o una tarea temporal obligada por las circunstancias del mercado. Si la realidad demanda nuevas profesiones y muestra la disposición a contratar a especialistas capaces de ocupar con eficacia esa tarea, eso convierte la función en una profesión, incluso sin titulación.

Acerca de si se pueden predecir ya las carreras que tendrán éxito en el futuro, Leal considera que “la forma de desempeñar las tareas hoy no tiene sentido. Hay muchas actividades y profesiones que desarrollamos con nombres diferentes pero que ya se hacían antes. Así, es posible realizar una predicción, porque muchos puestos y trabajos de hoy son del pasado, pero con otra tecnología y una nueva denominación”.

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Bienvenidos a la era del aprendizaje continuo

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El paradigma laboral en el que nos encontramos inmersos nada tiene que ver con lo que conocimos. Un mundo digitalizado, con profesiones y oportunidades laborales que no existían hace apenas 6-8 años, con una competencia global (ya no importa donde vivas, el trabajo es universal y puedes colaborar con empresas y profesionales de cualquier parte del mundo) y con la inteligencia artificial y los datos como el futuro más inmediato, reclama de nuestra parte una actualización urgente y constante.

En un mercado laboral como el que vivimos está claro que el aprendizaje continuo debe tener un lugar destacado. Lejos quedaron los tiempos donde una persona enterraba con su entrada a la empresa cualquier opción de acercarse de nuevo a un proceso de formación.

La formación se convierte en tu mayor aliado:

En este nuevo entorno, el aprendizaje se convierte en tu mayor aliado a la hora de desarrollarte profesionalmente. Es hora de que cambis el chip y entiendas que sin formación no es posible desarrollo profesional alguno. Es hora de entender que el aprendizaje te abrirá puertas a nuevas posibilidades y te posicionará como un profesional con mentalidad abierta y flexible.

Las plataformas de aprendizaje se ponen a tu servicio:

Si aún así, me sigues intentando poner excusas, te dejo unos enlaces a plataformas donde aprender mucho y muy bueno:

  • Miriada X. Abriendo horizontes de conocimiento. La primera plataforma iberoamericana de MOOC´s.
  •  Coursera. Accede en linea a los cursos de las instituciones más prestigiosas del mundo.
  • Domestika. Aprende con los mejores profesionales y forma parte de la mayor comunidad para creativos en español.
  • Lynda. Linkedin, la mayor red social profesional del mundo, también te ofrece su plataforma con contenidos a medida de las necesidades del entorno laboral actual.

Fuente: https://alexdurana.com/

C. Marco  – ExceLence Management

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