El conocimiento es el nuevo dinero: Tienes que seguir aprendiendo cada día

 

Cuando Benjamin Franklin dijo que «una inversión en conocimiento paga el mejor interés», se olvidó de puntualizarnos a qué conocimiento se refería exactamente y dónde podía obtenerse. Sin embargo, en aquellas palabras subyace una verdad esencial cocinada en el actual contexto tecnológico y social: que el conocimiento tiene muchísimo más valor que el dinero. Más valor desde el punto de vista crematístico, pero también psicológico.

Así pues, si Franklin viviera ahora mismo, no solo repetiría su sentencia con más firmeza, sino que se entusiasmaría al conocer las posibilidades que ofrece la tecnología para desmonetizar los bienes y servicios.

Desmonetización:

Gracias a la tecnología, la mayor parte de los productos y servicios que antes eran caros ahora resultan mucho más baratos y, en algunos casos, incluso son gratuitos. La gratuidad suele aparecer en aquellos productos que pueden digitalizarse (transformarse de átomos a bits), es decir, los productos susceptibles de un coste marginal próximo a cero. Por ejemplo, el buscador de Google, la enciclopedia Wikipedia o las miles de horas de entretenimiento audiovisual de YouTube.

En su libro Abundancia, Peter Diamandis, uno de los fundadores de la Singularity University, pone una serie de ejemplos de desmonetización, haciendo hincapié en el smartphone. Si bien parece un dispositivo caro, en realidad estamos empleando una contraparte un millón de veces más barata y mil veces más potente que una supercomputadora de 1970, y además nos ahorramos adquirir muchas otras cosas:

Cámaras, radios, televisiones, navegadores de Internet, estudios de grabación, salas de edición, cines, navegadores GPS, procesadores de texto, hojas de cálculo, estéreos, linternas, juegos de mesa, juegos de cartas, videojuegos, toda una gama de aparatos médicos, mapas, atlas, enciclopedias, diccionarios, traductores, manuales, educación de primera categoría, y la siempre creciente y variada colección conocida como el app store.

Hace diez años la mayoría de estos bienes y servicios solo estaban disponibles en el mundo desarrollado; hoy casi cualquiera y en cualquier lugar puede tenerlos.

El coste de la energía también va a desplomarse en breve gracias a la mayor eficiencia de las placas fotovoltaicas. El transporte personal podrá compartirse gracias al blockchain y el de mercancías será autónomo. La inteligencia artificial asumirá muchas tareas automáticas que encarecen los servicios, tanto médicos como financieros o legislativos.

La fabricación se democratizará gracias a las impresoras 3D y nos acabaremos convirtiendo en prosumidores (productores + consumidores).

En otras palabras, para vivir de forma medianamente confortable no será necesario ganar demasiado dinero. De hecho, gracias a las iniciativas de renta universal básica que ya se están experimentando, puede que ni siquiera necesitemos trabajar. O, al menos, no demasiadas horas al día.

Ante este panorama, ganar más dinero solo servirá para obtener bienes conspicuos o servicios exclusivos que nos desmarquen socialmente de nuestros semejantes. El dinero, en ese sentido, quedará más que nunca, porque será fácil de obtener y servirá para poco.

El dinero no te hace feliz:

Pero no solo el dinero irá perdiendo progresivamente su valor, sino que éste ni siquiera fue tan rutilante como habíamos creído.

Cuando decimos que no tenemos tiempo para aprender algo nuevo o para leer un libro generalmente se debe a que estamos invirtiendo ese tiempo en ganar más dinero, directa o indirectamente. La mayoría de veces nos preocupamos en ganar más dinero porque creemos que así seremos más felices: podremos viajar más, comprar más cosas, disponer de una vivienda más confortable, adquirir ropa más cara y, en definitiva, cumplir todos esos sueños que reflejan los anuncios de la Lotería.

Una vez obtenido un mínimo para vivir cómodamente, el dinero extra apenas afecta a nuestro bienestar psicológico.

Sin embargo, todos los experimentos que se realizan sobre el vínculo entre felicidad y dinero concluyen que, una vez obtenido un mínimo para vivir cómodamente, el dinero extra apenas afecta a nuestro bienestar psicológico. Por ejemplo, un estudio reciente ha sugerido que la gente que gana más de 90.000 dólares al año no es más feliz que la que está en la franja entre los 50.000 y los 89.999 dólares. Incluso ganar la Lotería tiene un efecto sorprendentemente efímero en nuestro bienestar, como explica Nicholas A. Christakis en su libro Conectados al comparar a estos agraciados con pacientes aquejados de una enfermedad:

En realidad, el seguimiento de personas que han ganado la lotería y de pacientes con daños en la médula espinal revela que, al cabo de un año o dos, esas personas no son más felices ni más tristes que los demás.

Otro estudio de otra escuela de negocios, IESE, revela que los ganadores de grandes premios en juegos de azar califican sus actividades diarias como menos placenteras que el resto.

De hecho, ni siquiera parece que trabajar por dinero sea la forma más eficiente de trabajar. Para los pensadores clásicos, trabajar por un salario incluso podría tacharse de inmoral. Un trabajo solo puede ser digno si lo hacemos porque queremos, de lo contrario más que trabajar estamos ejerciendo un rol de esclavo. Además, las tareas que realizamos sin perseguir un fin económico suelen tener resultados más profesionales porque sencillamente nos apasionan: no realizamos las tareas para obtener un sueldo o un ascenso, sino porque disfrutamos haciéndolo, por el simple disfrute de hacerlo bien.

Aristóteles sostenía que era incompatible hacer algo que nos realizara y completara y, a la vez, nos pagaran por ello. Eso no significa que no podamos hacer las cosas bien si nos pagan por ello, sino que nos pagan para que las hagamos bien incluso los días en que no nos apetece o apasiona hacer lo que hacemos.

La moneda del futuro, pues, no es el bitcoin o cualquier otra criptomoneda, sino nuestra capacidad para realizarnos.

Fue a principios del siglo XIX cuando empezó a generalizarse la idea de que solo existía un tipo de trabajo digno: el remunerado. Si tu actividad no era remunerada, entonces no tenía valor (confundiéndose aquí términos tan distintos como “valor” y “coste”). Sin embargo, las palabras de Aristóteles empiezan a resonar de nuevo en un contexto tecnológico donde el precio de bienes y servicios desciende y los trabajos más embrutecedores y mecánicos ya empiezan realizarlos intrincados algoritmos.

La nueva moneda:

La moneda del futuro, pues, no es el bitcoin o cualquier otra criptomoneda, sino nuestra capacidad para realizarnos, trabar buenas relaciones sociales y, sobre todo, adquirir nuevos conocimientos.

Por un lado, conocimientos que podemos transformar en trabajos interesantes que todavía están por desarrollar. Las personas que identifiquen las habilidades necesarias para esta clase de trabajos (por ejemplo, desarrollador de software) y las adquieran rápidamente se encontrarán en la cúspide laboral. Aquellos que trabajan arduamente pero no se toman el tiempo suficiente para ampliar horizontes y aprender constantemente otro tipo de cosas, serán los primeros en ser sustituidos por máquinas, como antaño lo fueron los obreros.

Pero ¿qué ocurre si no nos interesa esa clase de trabajos? ¿Y si la automatización no permite que toda la población pueda acceder al mundo laboral? No importa. El conocimiento también permite comprar más cosas que el dinero, más allá de un buen trabajo, e incluso adquirir cosas que no están en venta. El conocimiento puede transformarse en muchas cosas, como en relaciones sociales más estimulantes. También permite alcanzar objetivos de una forma más rápida y fácil. El conocimiento transforma la propia adquisición de conocimiento nuevo en una tarea más divertida y sugerente.

Hace que el cerebro funcione mejor. Amplía el vocabulario, convirtiéndonos en mejores comunicadores. Ayuda a pensar mejor y más allá de las circunstancias, evitando que el árbol eclipse el bosque. Incluso nos borra de la cara la mueca de cenutrio.

En definitiva, sitúa la vida individual en perspectiva permitiendo vivir muchas otras vidas a través de las experiencias y sabiduría de otras personas.

En esta nueva era de desmonetización, pues, hemos desechar la idea de que el conocimiento se obtiene en el colegio y la universidad, y una vez alcanzamos el mercado laboral ya podemos vivir el resto de nuestra existencia sin abrir ni un solo libro. Del mismo modo que nos obligamos a acudir a un gimnasio o a dejar de fumar, continuar aprendiendo es ya la más importante prescripción facultativa. Y si esgrimimos de nuevo el mantra de que no tenemos tiempo, solo un dato: si el tiempo que dedicamos a las redes sociales se usará en leer libros, anualmente asimilaríamos entre 100 y 200.

Fuente: Sergio Parra.

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Excelencia

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Hay una actitud que me subleva, algo que no puedo soportar y es cuando alguien, de cualquier oficio, nada más hacerle un encargo, me responde «eso no se puede hacer» o resopla con cara de susto o me dice «eso es complicadísimo, va a salir muy caro». Con los años me he ido rodeando de gente que responde «vamos a hacerlo» o al menos «vamos a intentarlo». No soporto el ‘no’ de entrada que busca conseguir una forma más cómoda y sencilla de ofrecerme lo que quiero, el total desinterés por hacer un buen trabajo por encima del esfuerzo que requiera. Es uno de los males de nuestra patria: la falta de amor por la excelencia.

En España se estila mucho lo de cubrir el expediente. Somos un pueblo superdotado, porque funcionando al trantrán hemos llegado hasta aquí, no hemos desaparecido. Fuera bromas: no hemos defendido la cultura de la excelencia sino la de la pervivencia. Mantenernos, sobrevivir, ir tirando, quedarnos quietos para que no se note que estamos. Una enorme parte de la población, en 2017, crece sin ser motivada en la necesidad de la excelencia, sea en el campo que sea, me da igual un tornero fresador que un neurocirujano. El problema es estructural y abarca todas las capas y espectros. El más llamativo es el de nuestras universidades. Para encontrar una española en el ‘ranking’ internacional tenemos que ir a la Universidad de Barcelona, en una discreta posición 152 (110 en excelencia) Me cabe el orgullo de haber sido profesor en esta institución un par de años, pero aún más la preocupación de que todos los países occidentales tengan al menos una por delante de nosotros, incluso, en algún caso, más de 10. La de Murcia, en la que también enseñé durante un tiempo, se va a la posición 504 (628 en excelencia) El problema endogámico de la universidad española es estructural y las reformas no podrán limpiar un esquema secular que no se resolverá, al menos, hasta que la totalidad del profesorado hable inglés. No es una cuestión estética si partimos de que el 100% de la literatura científica está en ese idioma y menos de un tercio en castellano. Me resulta raro imaginar un profesor universitario latinoamericano que no hable inglés, lo cual es un dato, y estoy casi seguro de que en Portugal la cifra debe ser residual.

Si la universidad, que debiera ser modelo, está en esa situación, la pirámide se adivina. Todo empieza siglos atrás y se constata diseccionando la forma en que los españoles hemos utilizado nuestros esfuerzos, fundamentalmente en guerras. La estructura mental colectiva del país muestra una serie de vicios ancestrales que nuestra jovencísima contemporaneidad no ha limpiado, una de ellas es un total desinterés por trascender, por ser algo más, por que algo quede de nosotros. A eso se llega con la excelencia en nuestro campo. Repito, da igual el que sea.

Para que esto cambie hay que ir a la base y promover una educación que tenga como fin la excelencia más allá de la seguridad, más allá del dinero, más allá de los valores superficiales en que se forman los críos. Todos debemos mirar a algún lugar. Queremos llegar, queremos ser parte de algo. Para ello necesitamos referentes, personas que nos iluminen con su ejemplo. Como símil nos sirve la recurrente caverna y el juego de luces un tanto cambiados con respecto al original. La luz es más fuerte en la entrada y se pierde conforme nos adentramos. Unos nacemos en la entrada, otros en el fondo, la vida no es igual para todos. En algunos casos, muy pocos, determinados grandes personajes se forman solos, sin referentes o incluso con malos ejemplos, son las gemas engastadas en las galerías, seres luminosos que aprenden a la manera de alguien perdido en una cueva sin luz: a golpes inesperados contra la pared.

Podemos pensar que son tiempos muy duros, que la vida ya es bastante complicada como para aspirar a glorias abstractas, y es verdad, pero resulta triste rebajar expectativas, no ir a lo más lejos que se pueda llegar. Hoy cumplo 46 años. A esta edad, con dos hijos y una empresa uno vive sumido en innumerables sufrimientos y miedos: la economía, el medio ambiente, el futuro de mi ciudad y mi gente, la salud y, sobre todo, el futuro de mis hijos. Estos sufrimientos proceden de mi situación en el mundo: son los problemas del que está en la boca de la cueva y me atormentan porque mi preocupación no es que a mis hijos no los maten a tiros, que no esclavicen a mis hijas, que una bomba no caiga en mi casa, que no tenga que cruzar el mar en una neumática con un chaleco salvavidas, que mi familia no duerma en una tienda de campaña de Lesbos. Tengo unos problemas dulces, los problemas de haber caído, como la lotería, en la cara buena del mundo. Soy blanco, occidental, europeo… La mayor parte de mis méritos surgen de la suerte de haber nacido donde lo hice y en el tiempo que me tocó. Mis problemas no parecen ser una excusa para mi equivalente sirio o somalí.

No tenemos excusas para no buscar la excelencia. Da igual que sea sirviendo una cerveza que diseñando una central térmica. No hay excusas.

Fuente:NACHO RUIZ

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La Era de la Robotización

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El objetivo de la robótica y de la inteligencia artificial será actuar de asistentes de los seres humanos para las tareas más rutinarias y peligrosas, o para funciones en las que están mejor preparados que nosotros, como el análisis de ingentes volúmenes de información.

La trasformación digital es la revolución industrial de nuestros días, la revolución 4.0. Estamos viviendo un momento histórico similar a los que se vivieron en anteriores revoluciones tecnológicas, cuando las «nuevas tecnologías» de sus respectivas épocas propiciaron profundos avances en la sociedad y en la historia de la humanidad.

Esta trasformación digital supone una reinvención de las empresas, de las instituciones públicas y de la sociedad en general, gracias a un uso más eficiente e inteligente de la tecnología digital. En un periodo como el que estamos viviendo, de continuo cambio, las empresas y organizaciones de todo tipo deben estar preparadas para superar los retos que conlleva esta nueva revolución y aprovechar sus oportunidades para favorecer la creación de una sociedad digital.

Actualmente, hay ya una demanda real de la sociedad, que cada vez es más digital, está más informada, es mucho más exigente y necesita respuestas personalizadas en tiempo real. Así, por ejemplo, gracias al Internet de las cosas, uno de los exponentes de esta revolución digital, disfrutaremos de notables mejoras en nuestra calidad de vida cotidiana: en seguridad, monitorización de servicios de salud o asistencia sanitaria a distancia, actividades de ocio o turismo, o en la prestación de los servicios públicos que, gracias a su sensorización, posibilitará la optimización de la gestión del tráfico y del transporte público, del alumbrado, el mobiliario urbano, la gestión de residuos, etc.

Esta revolución digital se está reflejando también en la forma en que trabajamos. Solo hay que mencionar algunas tendencias que van a modificar nuestra forma de producir en el futuro: robótica, computación cognitiva, inteligencia artificial, etc. ¿Cómo pueden afectarnos en nuestra vida diaria?, ¿serán determinantes en la creación de nuevos negocios, productos, servicios y puestos de trabajo?, ¿cómo nos formaremos y qué tipo de talento reclutaremos en los próximos años?

La presencia de estas tecnologías se extiende ya a muchas áreas. En las ciudades, ya podemos identificar las mejores rutas o zonas de aparcamiento y empezamos a ver automóviles autónomos. Por otra parte, la inteligencia artificial está ayudando a resolver grandes retos, como el tratamiento y la prevención de enfermedades o la personalización de la educación. Y hay máquinas que han conseguido elaborar por sí mismas poemas, pinturas, películas o composiciones musicales. En la actualidad, ya estamos viendo que las denominadas «tecnologías cognitivas» (aquellas que son capaces de aprender por sí mismas) están tomando un gran impulso, donde los sistemas tradicionales de computación no se programan, sino que entienden el lenguaje natural, analizan datos no estructurados en tiempo real y aprenden. La realidad empieza a superar lo que nos mostraban las películas más futuristas. No hablamos solo de robots; hablamos de máquinas que, utilizando los avances del aprendizaje automático, la visión por ordenador y la lingüística computacional, cada vez realizan más tareas cognitivas y ya no solo se encargan del trabajo físico.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, muchas personas se preguntan: «¿Podría un robot hacer mi trabajo mejor que yo? Si la automatización puede aplicarse prácticamente a cualquier profesión, ¿los robots pueden llegar a sustituirnos? ¿A qué retos nos enfrentamos tanto los profesionales como las empresas con estas tendencias tecnológicas?»

El objetivo de la robótica y de la inteligencia artificial será actuar de asistentes de los seres humanos para las tareas más rutinarias y peligrosas, o para funciones en las que están mejor preparados que nosotros, como el análisis de ingentes volúmenes de información. La inteligencia artificial nos ayudará a ser mejores en nuestra profesión, ayudando por ejemplo a los médicos a encontrar opciones de tratamientos de cáncer más personalizadas, y a los ingenieros a mejorar la eficiencia de instalaciones o a crear vehículos cognitivos capaces de actuar en caso de accidente. Ante un entorno de cambio continuo y cada vez más rápido, hay dos posibles actitudes: considerarlo como una amenaza o como una oportunidad.

En ocasiones, el ser humano se muestra reacio al cambio, pero el actual contexto de transformación tecnológica y digital hace que debamos saber adaptarnos para poder beneficiarnos de dichos cambios. Diversos estudios analizan los puestos de trabajo más propensos a ser automatizados y, entre ellos, se puede citar el de Michael Osborne y
Carl Frey, de la Universidad de Oxford, que estima que, en Estados Unidos, las máquinas harán más del 47% de los empleos en las próximas dos décadas. Las profesiones que se pueden ver más afectadas son aquellas con una significativa componente de trabajo que puede ser aprendido por las máquinas, profesiones tales como las relacionadas con el transporte y la logística, los operadores de telemarketing, los calculadores de impuestos, los tasadores de seguros, etc.

Por otra parte, según estos estudios, los puestos de trabajo con menor probabilidad de automatización corresponden a profesiones que requieren la comprensión intuitiva de los seres humanos, tales como las relacionadas con la terapia ocupacional, los tratamientos de salud mental, la enseñanza, etc. Profundizando aún más en cualidades inherentes del ser humano, y que difícilmente pueden ser aprendidas por las máquinas, es preciso destacar la creatividad y la inteligencia emocional. Estas facultades hoy en día son muy valoradas en la gestión del talento y se seguirán valorando y potenciando en el futuro.

Según datos de la OCDE, en 2020 habrá 900.000 puestos de trabajos digitales sin cubrir, de los que 85.000 lo estarán en España. Por ello, es importante apostar por la formación y la educación, con el fin de que las personas no queden rezagadas por el cambio tecnológico y puedan optar a los nuevos puestos de trabajo derivados de la revolución digital. Las empresas tenemos que ser las primeras en apostar por esa formación de nuestros profesionales, para que sean capaces de adaptarse a las nuevas necesidades. La experiencia nos indica que la innovación es uno de los principales motores del desarrollo económico y del empleo. Lo hemos visto en las anteriores revoluciones tecnológicas y, más recientemente, con la revolución de las TIC. Creo sinceramente que con la robótica y la inteligencia artificial pasará lo mismo. No podemos olvidar que tan solo el 1% de los empleos que existían hace algo más de un siglo han pervivido tal cual. De nuestra relación con la digitalización, la robótica y la inteligencia artificial surgirán nuevas profesiones que ni siquiera podemos imaginar ahora, y debemos estar preparados para adaptarnos a ellas.

Fuente: Francisco Román Riechmann, presidente de Vodafone España . http://ethic.es/

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Cerebros unidos

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La inteligencia humana siempre ha sido colectiva. Aprendemos relacionándonos con otros individuos y con el entorno. Y ahora la nuevas tecnologías y sobre todo Internet están potenciando nuevas formas de colaboración, en las que muchos individuos se unen para cooperar en proyectos. La unión hace la fuerza y el conocimiento está en la masa.

Seguramente, los investigadores de la Universidad de Washington no podían ni imaginarse el éxito que iba a tener su convocatoria. Ni tampoco que acabarían publicando un artículo científico junto a unos cuantos jugadores de videojuegos. Incluso, quizás, se sintieran algo frustrados al ver como en sólo tres semanas un grupo de amateurs habían dado con un importante hallazgo, después de que ellos se habían pasado dos años estudiando sin éxito el papel que desempeñan las proteínas (el motor básico de los trillones de células que conforman nuestro organismo), en el desarrollo de enfermedades como el Alzhéimer, el cáncer o el SIDA.

Todo comenzó cuando se les ocurrió pedir ayuda a la ciudadanía. Los investigadores conocían bien las secuencias de aminoácidos que forman las proteínas pero no acababan de entender cómo se plieglan sobre sí mismas para acabar teniendo una estructura final. De hecho, es una de las cuestiones sin resolver más difíciles en biología hoy en día puesto que la configuración que adoptan es fundamental para llevar a cabo su función; si la estructura final se modifica, en algunos casos puede mejorar la tarea de la proteína, pero en otros impide que la desempeñe. El problema es que existe un sinfín de posibles estructuras, por lo que comprobarlas una a una era una tarea ingente.

En colaboración con programadores, los biólogos de la Universidad de Washington diseñaron un videojuego, que bautizaron con el nombre de Fold.it (pliégalo, en inglés), disponible online, que plantea puzzles complejos acerca de cómo se pliegan estas cadenas de aminoácidos. “Fold.it intenta predecir la estructura de una proteína basándose en las intuiciones humanas para resolver rompecabezas y en el hecho de que mucha gente juega de forma competitiva para tratar de plegar las proteínas más eficientes”, aseguran en la página web del juego. “Los jugadores pueden diseñar nuevas proteínas que podrían ayudar a prevenir o a tratar importantes enfermedades”.

Al poco tiempo de lanzarlo, ya había más de 20.000 voluntarios buscando secuencias de aminoácidos. Gracias a este puzzle online, se han resuelto desde cuestiones relacionadas con biocombustibles hasta otras de enfermedades mortales. Incluso se ha conseguido concluir un problema que traía de cabeza a la ciencia desde hacía más de una década: con la ayuda de los jugadores los investigadores dieron con la estructura de una enzima crítica para la reproducción del virus del SIDA e identificaron dianas terapéuticas para neutralizarla.

Fold.it es tan sólo un ejemplo de cómo desde hace un tiempo la ciencia y otras disciplinas se están acercando a la ciudadanía para demandar su colaboración. Se han dado cuenta de que la unión hace la fuerza. De que muchos cerebros unidos son infinitamente más potentes que el mayor super-ordenador. De que el conocimiento está en la masa. Y entonces, ¿por qué no aprovechar ese potencial para avanzar juntos?

Aunando esfuerzos:

Si por algo se caracteriza la inteligencia humana es por ser colectiva. Somos seres sociales y aprendemos nuevos conocimientos a partir de la interacción con otros humanos. Desde nuevas lenguas, escribir o levantar un edificio, hasta operar a otra persona o conducir. Y es más, la mayoría de las grandes tareas intelectuales que llevamos a cabo son resultado de la interacción con otras personas, con una comunidad y con una cultura, que no es otra cosa que el cúmulo de conocimiento heredado de generaciones anteriores.

Ahora las nuevas tecnologías y sobre todo Internet están potenciando y fomentando aún más esa colaboración e interacción entre individuos con el objetivo de lograr un bien común, ya sea un proyecto o mayor conocimiento. De la colaboración de cerebros y la interacción con las nuevas tecnologías están surgiendo dos nuevos tipos de inteligencias, que los expertos denominan colectiva y colaborativa; y si bien ambas están estrechamente relacionadas con la web 2.0, son algo distintas.

En la colectiva emerge un producto final a partir de las acciones de un grupo de personas que no interactúan entre sí” explica Ignasi Alcalde, consultor multimedia y experto en gestión de proyectos. Gracias a Internet, los consumidores pasan a ser también creadores y aportan saber a la red. Construyen nuevos contenidos a partir de la colaboración entre ellos, corrigiendo, ampliando. Wikipedia es un buen ejemplo de este tipo de inteligencia, un espacio dedicado a la generación de contenido a través de la inteligencia colectiva.

En cambio, la inteligencia colaborativa se ocupa de problemas en los que la experiencia individual y las distintas interpretaciones de expertos son críticos para la resolución de problemas. El objetivo es aprender una labor o incrementar el conocimiento de todos los miembros del grupo”, añade Alcalde. Un buen ejemplo es el proyecto Fold.it, el caso con el que comenzábamos este reportaje.

Ambas inteligencias se basan en la idea de que la unión hace la fuerza y se nutren del potencial que ofrece la tecnología. No obstante, la idea de cooperar y de trabajar codo con codo no es nueva. De hecho, en la naturaleza, desde bacterias hasta hormigas, abejas, quarks e incluso las neuronas de nuestro cerebro son ejemplos de individuos que se alían para llevar a cabo una tarea inteligente. Y ya hace años que existen proyectos como SETI, que busca vida extraterrestre y se basa en computación distribuida, que requieren de la participación de muchas personas para lograr un objetivo. En el caso de SETI, los voluntarios se bajan un programa gratuito elaborado por la Universidad de Berkeley y ceden el tiempo y la potencia de sus ordenadores cuando no los usan para ayudar a los astrónomos y físicos a procesar información.

Lo que es realmente novedoso y distinto ahora es que la participación ciudadana es intelectual. Y no hace falta ser un experto en la materia, ni tampoco un “cerebrito”. Lo único que se requieren son interés y ánimos de participar en este nuevo tipo de acciones que pueden ser sumamente democratizadoras del conocimiento. Y las tecnologías, lo único que hacen es facilitar que un número gigantesco de personas repartidas por todo el planeta interconectas trabajen juntas de nuevas maneras y se avance en el conocimiento común.

“El ser humano es social por naturaleza y siempre ha colaborado para desarrollar tareas. Lo que ahora ha cambiado es el entorno de la sociedad, de la asociación y del conocimiento. Hace 20 años, por ejemplo, no existía la capacidad que tenemos hoy en día de comunicarnos a través de la red. En la actualidad han surgido una infinidad de nuevas profesiones que hace tan sólo cinco años ni existían, muchas de ellas orientadas a la gestión de la información y el conocimiento. Ahora no se trata sólo de generar conocimiento sino también de conectarlo con otros y aportar nuevos valores”, explica Alcalde.

Colaborativa y colectiva:

De momento, son muchos los proyectos que ya han nacido de la colaboración ciudadana. Wikipedia tal vez sea el más conocido, un ejemplo de construcción colectiva que se nutre de las aportaciones de miles de internautas que de forma voluntaria y altruista dan su tiempo para generar conocimiento libre. Cada individuo aporta una parte a un producto final, donde esa colaboración queda fusionada

La ciudadanía quiere sentirse cada vez más implicada en proyectos de colaboración. Creo que es una nueva manera de expresar una ética social. Hay ejemplos muy sencillos y casos más complejos como la figura de ciudadanos que colaboran con instituciones científicas recogiendo dados sobre el territorio o el caso de astrónomos amateurs que “peinan” el universo ayudando a los científicos. Wikipedia es sólo uno de los muchos proyectos interesantes que hay por todo el mundo”, comenta Álex Hinojo, director de proyectos culturales de Amical Wikimedia, una asociación sin ánimo de lucro que colabora en proyectos de la Fundación Wikimedia, entre los que destaca la Viquipèdia, la versión catalana de la popular enciclopedia.

Linus es otro buen ejemplo de inteligencia colectiva. Una enorme comunidad de gente repartida por todo el planeta desarrolló el sistema operativo de código abierto. Cualquiera que supiera de programación podía contribuir en el proyecto. Luego. Linus Torvald y otros expertos deciden qué módulos de los que la gente envía se incorporan al sistema.

En cambio, el proyecto GalaxyZoo es un ejemplo de inteligencia colaborativa. Los científicos detrás de esta iniciativa piden a astrónomos aficionados que ayuden a los científicos a clasificar galaxias. Les enseñan una imagen y los participantes deben responder a un cuestionario acerca de aquello que ven: si se trata de una galaxia circular o si se observan estrellas. Cientos de miles de ciudadanos están colaborando y ya se han publicado numerosos artículos científicos con los datos obtenidos.

En el mismo principio se basa Ancient Lives. La Universidad de Oxford y la Sociedad de Exploración de Egipto piden la colaboración de los ciudadanos para traducir los Papiros de Oxirrinco, hallados en 1987 en Egipto en un vertedero de la época grecorromana. Escritos en griego y latín, podrían contener obras literarias. Para traducirlos, se han digitalizado los papiros y se pide a los voluntarios participantes que busquen similitudes entre los símbolos del griego antiguo y los actuales para identificarlos. Luego la cadena de letras formada se analizará por algoritmos de ordenador que reconocerán y traducirán el conjunto de caracteres. Por último, los expertos revisarán y recogerán los posibles resultados.

Ancient Lives, además, forma parte de una iniciativa internacional mucho más amplia llamada Citizen Science Alliance, integrada por museos y universidades que justamente pretende promover la implicación de los ciudadanos en el proceso científico. Y no sólo en ciencia, también en arte, arqueología o historia.

En España también hay ejemplos de proyectos en que los ciudadanos se involucran y colaboran en el avance del conocimiento. Es el caso de la fundación Ibercivis, en la que participa la Universidad de Zaragoza, el CSIC, red.es y el CIEMAT; uno de los proyectos que han desarrollado es el de GripeNET, el nodo español de un proyecto internacional de estudio de la gripe. Los voluntarios se registran introduciendo un código postal y aportando algunos datos sobre su salud, como si son o no fumadores o tienen hijos pequeños que van a guardería, y luego de noviembre a abril, los meses de la campaña de la gripe, completan un breve cuestionario de preguntas. Gracias a sus respuestas, los médicos pueden saber más del patrón de comportamiento del virus, intentar predecir dónde se producirán nuevos brotes, mejorar el tratamiento y, sobre todo, la prevención.

Y hay más, como MalariaSpot, un videojuego made in Spain en el que los jugadores se convierten en observadores médicos que deben contar la cantidad de parásitos que hay en una muestra de sangre digitalizada para el diagnóstico de la malaria. O Cazando al mosquito tigre, en el que niños de primaria y sus familias, en Girona, ayudan a los expertos a hacer un seguimiento de este temido insecto a través de una app móvil.

“Este tipo de proyectos en los que con pequeñas aportaciones de miles de personas se consigue una masa crítica de conocimiento están ayudando a modificar el concepto y los procesos de creación de información y saber –considera Àlex Hinojo, de Amical Wikimedia-. Si, por ejemplo, toda la investigación que se paga con dinero público se publicara con una licencia abierta, Creative Commons, facilitaría que otros expertos pudieran reaprovechar esos conocimientos para continuar su investigación en otros aspectos. Se trata de no tener que inventar la rueda cada vez. Y en un escenario de recursos limitados, cobra aún más sentido”.

 

Hacia una nueva sociedad:

Para Thomas W Malone, del MIT, “este nuevo tipo de inteligencia colectiva y colaborativa en el fondo nos ayuda a comprender qué es ser humanos y cuál es nuestro papel en el planeta. Porque si una cosa nos define como personas es nuestra inteligencia”.

Además, este nuevo tipo de proyectos contribuyen al bien común, a generar conocimiento para toda la humanidad, puesto que centran más su atención en el proceso y no tanto en el resultado. Se trata de aprender, de construir de forma conjunta, de colaborar con gente procedente de diferentes disciplinas y saberes e inquietudes. Un buen ejemplo es el proyecto Science of the City, la ciencia de la ciudad, que impulsa La Mandarina de Newton, una empresa de Barcelona que desarrolla proyectos de comunicación y divulgación de la ciencia, la tecnología y la cultura, basados en la cocreación y en el compartir conocimiento.

Science of the City es una iniciativa internacional, que ya lleva dos ediciones, en la que se lanza un concurso de vídeo en el que se invita a la gente a que elabore clips de dos minutos intentando resolver una pregunta vinculada a la ciencia y a la ciudad. “Nos han llegado vídeos sobre fósiles, sobre leds, sobre cómo hacer electricidad a partir de los ruidos de la ciudad. Nuestra idea era acercar la ciencia al día a día de las personas, porque a menudo solemos vincularla a los centros de investigación o a la naturaleza. Pero pocas veces pensamos que, por ejemplo, en el despertador hay ciencia, en el desayuno hay ciencia. Queríamos que la gente se apropiara de ella adoptando un papel activo”, explica la físico Irene Lapuente, fundadora de La Mandarina.

Sólo en la primera convocatoria recibieron cerca de 50 vídeos de todo el planeta, que se pueden ver en la web scienceofthecity.net. De esos, se escogieron los ocho mejores y se llevaron a un grupo de investigación en arte de la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, donde comenzó el proceso de hibridación de arte y ciencia. De esa simbiosis se gestó una exposición que se pudo visitar en el centro Arts Santa Mònica, en Barcelona.

Podemos optar por hacer nosotros, desde la Mandarina, una exposición de ciencia en la ciudad. Pero entonces a la gente sólo le llegará la idea final de lo que yo he encontrado y se perderán todo el conocimiento que he adquirido a medida que me documentaba, aprendía a discernir entre una cosa y otra, elaboraba hipótesis, las comprobaba o rechazaba. Si abres el proceso a la ciudadanía, compartes con ellos todo ese conocimiento, puesto que serán ellos quienes deberán buscar información, consultarla, pensarla, elaborarla. Y de esta manera aprenderemos todos”, asegura Lapuente.

Además de generar conocimiento y fomentar el procomún, estos proyectos de cocreación e inteligencia colaborativa y colectiva, implican un cambio de mentalidad. Hasta ahora nos limitábamos a “consumir” el resultado final de una investigación o un estudio. Nos decían que habían encontrado tantas estrellas o que se había descubierto una vacuna contra la malaria. Pero en la actualidad podemos ser parte activa, implicarnos. Y eso implica un cambio de mentalidad.

“Se trata de fijarnos cómo hacemos para aprender, mejorar e intentar a la larga equivocarnos menos. Y eso nos lleva hacia un tipo de sociedad más lenta, dialogante, donde hay espacios de prueba y de evolución. La gente que habla de verdad de inteligencia colectiva y colaborativa hablan de otra sociedad, en la que todos podemos crecer por el camino –asegura Irene Lapuente-. Cada día, por ejemplo, compramos pan. Y no se trata de que dejemos de hacerlo, pero si aprendremos a elaborarlo, seguramente seremos más conscientes de aquello que consumimos. Y entonces tomaremos mejores decisiones. Hasta ahora el mercado era mucho más cerrado y se trataba sólo de consumir sin pensar demasiado. Pero ahora podemos cambiar ese modelo y empezar a participar de forma activa y crítica”. El secreto, ya se sabe, está en la masa.

Conectando inteligencias digitales y humanas:

El prestigioso Instituto de tecnología de Massachusetts, el MIT, ha sido uno de los pioneros en darse cuenta de la potencialidad de esta unión de cerebros y ha abierto un el Center for Collective Intelligence, en el que además de investigar sobre el tema en sí, ponen en marcha numerosas iniciativas basadas en este conocimiento hecho de conocimientos individuales. Entre los muchos proyectos que han iniciado está Climate CoLab, una plataforma y una comunidad compuesta por casi 4000 personas que colaboran con ideas sobre qué hacer para frenar el cambio climático. Durante varios años, han enviado y desarrollado propuestas online y han participado en otros proyectos ya en marcha. Los ciudadanos con mejores planteamientos incluso los han presentado ante la ONU.

Además, el MIT estudia cómo conectar personas y ordenadores para actuar de forma más inteligente que ningún ordenador, individuo, colectivo jamás haya hecho antes. Thomas W Malone, profesor y fundador del Center for Collective Intelligence, afirma que “a medida que ordenadores y personas se conecten más seguramente se convertirán en una especie de cerebro global. Nuestro futuro como especie puede que dependa de nuestra capacidad de usar la inteligencia global colectiva para tomar decisiones sabias”.

Generando conciencia:

El proyecto Diseño Crítico, de la Mandaria de Newton, se basaba asimismo en un proceso abierto. Trataba sobre la contaminación interna: los tóxicos que respiramos o que comemos a través de los alimentos que a veces pueden reaccionar entre ellos en nuestro organismo y hallarse detrás de enfermedades como el cáncer o la obesidad, de la falta de concentración, de un estado de ánimo alicaído. La Mandaria organizó charlas y talleres, totalmente gratuitos, para trabajar sobre el tema. El objetivo era entre todos adquirir un conocimiento más profundo sobre estos tóxicos, así como crear prototipos para paliar la situación.

Así, los participantes acabaron diseñando desde campañas de información a unas pastillas capaces de ‘limpiarnos’ por dentro. “Se generó debate; la población hablaba sobre el tema, buscaba información y se lo explicaba a sus familiares y amigos, que es lo que perseguíamos, crear consciencia social. La gente venía para cocrear de forma voluntaria y aportar su granito de area. Aprendían con el proceso y eso es más importante que el resultado”, cuenta Irene Lapuente, al frente de la Mandarina.

Smart Citizen:

Saber cuál es la contaminación del aire cerca de tu casa o del lugar en que trabajas día a día, puede hacer hacer que te decantes algunos días por dejar aparcada la bici e ir al trabajo en metro; así evitas inhalar altas concentraciones de tóxicos. También permite saber qué zonas de la ciudad son las más contaminadas y poder pedir a las administraciones públicas que establezcan zonas de pacificación de tráfico, o más áreas verdes, o reducir el volumen de circulación en algunas calles.

Conocer cuál es la humedad del aire o la contaminación acústica que hay en cada barrio también nos puede ser útil si estamos planteándonos abrir según qué tipo de negocio o cambiarnos a una determinada área de la ciudad.

El proyecto SmartCitizen es una plataforma abierta para generar procesos participativos de las personas en las ciudades. Conecta datos, ciudadanos y conocimiento con el objetivo de desarrollar herramientas de hardware y de software para la construcción de ciudades inteligentes por parte de los ciudadanos. La intención es conocer, compartir y comparar al instante información ambiental con otros lugares de la ciudad en tiempo real para mejorar la calidad de vida en nuestro entorno,

Los datos se obtendrán a partir de un kit de sensores urbanos, de hadware y software libre, que captarán información sobre la humedad, la tempertura, la contaminación, y los envía a una plataforma online que gestionará esos datos y los hará accesibles a cualquier persona.

El proyecto surge del Fab Lab Barcelona, ubicado dentro del Instituto de Arquitectura Avanzada de Catalunya, ambos centros enfocados en el impacto de las nuevas tecnologías en las diferentes escalas del hábitat humano, desde los bits hasta la geografía. El objetivo es ayudar a fomentar ciudadanos activos e inteligentes, que cambien los modelos de producción y gestión de la ciudad.

Fuente: https://cristinasaez.wordpress.com/

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El crecimiento de la Sociedad Colaborativa

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La filosofía del coworking está vinculada a las tendencias colaborativas, que parecen augurar un nuevo modelo de sociedad. Sin embargo, en esta sociedad colaborativa hay muchas capas, muchos matices y aspectos sobre los que pudimos profundizar gracias a las aportaciones de Albert Cañigueral (fundador de Consumo Colaborativo y conector de OuiShare), Libby Garret (consultora de empresas orientada a la innovación) e Ignasi Alcalde (consultor docente en Universitat Oberta de Catalunya), en una mesa redonda moderada por el periodista Marcus Hust (Yorokobu)

La primera pregunta cuando hablamos de este nuevo paradigma de sociedad, que conlleva un comportamiento, es hasta qué punto podemos ser “colaborativos” como consumidores, ¿es realmente posible llevar una vida colaborativa?

Albert Cañigueral, una de las voces expertas en este ámbito afirmaba que, hoy por hoy, aún es complicado. Si bien los modelos de consumo colaborativo permiten ahorrar dinero, también es cierto que suponen una mayor inversión de tiempo, bien “escaso” en nuestra sociedad . Prueba de ello es que en cualquier intercambio o trueque, un tipo de acuerdo frecuente en este modelo de consumo, se habla con personas, no con compañías, estableciéndose así una comunicación no estandarizada que exige más tiempo. Además, los procesos para consumir en este tipo de opciones, al no basarse en una adquisición inmediata como la compra tradicional, son más largos.

El impacto de la tecnología en el desarrollo de este modelo es innegable, un aspecto que apuntó Libby Garret. El entorno 2.0 y los avances tecnológicos han cambiado nuestra forma de relacionarnos con el mundo: establecemos relaciones colectivas, y la movilidad, gracias a la proliferación de dispositivos portátiles, ha influido en que las líneas entre los distintos ámbitos de nuestras vidas se afinen hasta casi diluirse, como ocurre cada vez con más frecuencia con la vida personal y la profesional. Este cambio estructural, fruto del paso de una sociedad basada en el modelo industrial a una sociedad “conectada”, implica un cambio más profundo, al hacer del conocimiento el mayor activo.

Metodologías que fomentan la innovación:

Pero la colaboración no es un fenómeno completamente aislado de los actores sociales que conocemos: de hecho, según Ignasi Alcalde, puede trasladarse a la empresa tradicional, siendo una herramienta muy útil para innovar a través del diseño de procesos más efectivos y con menos costes. De ahí que cada vez más empresas dirijan su mirada a los centros de coworking, en los que la flexibilidad y la interacción entre los miembros enriquecen la experiencia de trabajo de los profesionales, generando dinámicas más productivas y que podrían tener cabida también en las grandes corporaciones. La aparición de nuevas metodologías está directamente relacionada con la existencia de dos inteligencias “sociales”; la inteligencia colectiva (personas aportan conocimiento pero sin interacción) y la inteligencia colaborativa (en las que el área de conocimiento se amplía mediante el aprendizaje, por un lado, y las experiencias de los demás, por otro, lo que posibilita innovar).

El entorno actual, cambiante, podría generar dinámicas que eviten el estancamiento del talento: muchos profesionales se dan cuenta de que no encajan en una “job description” específica, por lo que optan por crear y definir su perfil de una forma más innovadora. Así, ciertas profesiones parecen estar abocadas a extinguirse, mientras otras surgen con fuerza, como es el caso del community manager, de importancia creciente dado el desarrollo de las redes sociales, o del content curator, imprescindible ante el exceso de información que nos llega para filtrar y agrupar los contenidos, según un criterio experto en una determinada área de conocimiento, y evitar la desinformación.

Aprendiendo a colaborar para crear conocimiento:

Aparte de esta conciencia laboral, existen iniciativas vinculadas a fomentar el consumo colaborativo desde una perspectiva “práctica”. Este es el caso de OuiShare, una comunidad de gente apasionada por la economía colaborativa en todas sus vertientes, no sólo en cuanto a consumo sino también en relación a la producción, las finanzas o incluso el conocimiento. Empezando por la “ciudad”, ámbito desde el que trabajan (y no desde países) amplían y mejoran el conocimiento, que después se puede extrapolar a todo el mundo. El modelo de organización de la iniciativa es desestructurado, compartiendo las mejores prácticas en distintas redes sociales como Facebook, y foros, tanto físicos como virtuales.

Sería lógico pensar que esta fórmula exige un compromiso y entraña un comportamiento con el que hay que ser coherente. En realidad, para los defensores de este modelo y según señaló Albert Cañigueral, su popularización no exige la desaparición de otras opciones, simplemente las amplía. Seguramente las posibilidades de viajar sean mucho mayores a través del intercambio, y nos permitirán conocer gente, pero en determinadas ocasiones preferiremos optar por un hotel para así tener más intimidad. No estamos ante opciones excluyentes ni manifestaciones radicales, tan sólo se desea fomentar el espíritu colaborativo a través de empresas que permitan ahorrar dinero de una forma sencilla, y nos brinden un valor añadido, vinculado a las relaciones sociales. El enfoque a la hora de atraer a participantes es eminentemente práctico, y no ideológico, una perspectiva mucho más atrayente que caer en dogmas.

La adopción de estos nuevos modelos, además de nuevas experiencias de consumo, fomenta la creación de conocimiento, y es ahí donde, según Ignasi Alcalde, está el valor de este tipo de iniciativas. La mera información no tiene valor, lo que sí es valioso es el conocimiento; esa información segmentada, hecha propia y puesta en práctica. Es ese conocimiento lo que permite innovar. No obstante, no todo el mundo puede entrar en las estructuras horizontales creadoras de conocimiento: para poder hacerlo tenemos que aportar valor al grupo, lo que exige una simetría de expectativas (persecución de objetivos comunes) y una asimetría del conocimiento (diversidad de áreas de conocimiento).

La confianza: un valor al alza en la sociedad colaborativa:

En todos los fenómenos sociales relacionadas con la colaboración, hay un componente que no puede faltar: la confianza. Para fomentarla debemos gestionar adecuadamente nuestra identidad digital: nuestro histórico de acciones en una determinada red de colaboración contribuirá a hacernos más o menos confiables en una primera etapa. En ese sentido la reputación resulta clave para inspirar esa confianza.

Una reputación ligada a la transparencia que el mundo conectado nos exige, y que hace de la confianza y el prestigio (intangibles) elementos más importantes que el dinero (material), lo que implica un giro de 180 grados respecto a la mentalidad más tradicional y cerrada.

El cambio hacia esta nueva mentalidad está siendo lento, dada la fuerza de nuestros referentes y el hecho de que la educación haya estado ligada al consumo. Sin embargo, podemos afirmar que en este ámbito se están produciendo también cambios gracias a las redes sociales y a la web. Vivimos en un entorno de abundancia cognitiva; si quieres aprender a tocar la guitarra, sólo tienes que acudir a Youtube para encontrar a alguien que ha dejado un vídeo explicando cómo hacerlo sólo por el placer de ayudar. Un dato anecdótico que bien pensado, supone un cambio drástico a nivel formativo.

Es lógico pensar que, de aquí en adelante, las empresas valoren más a los candidatos por lo que sean capaz de aprender, y cómo lo adapten al entorno digital, que por un título académico. La formación informal y el aprendizaje desde la experiencia gana fuerza a pasos agigantados, y augura un cambio de mentalidad también en el ámbito de la educación y la formación, en el que la colaboración es ya una realidad.

Fuente: http://coworkingspain.es/

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Empresas con sensibilidad humana hacia sus empleados

Empresas con gestos humanos

La conferenciante y escritora norteamericana Amy Morin perdió repentinamente a su marido de un ataque al corazón cuando este tenía solo 26 años. En aquella época Morin desempeñaba labores de psicoterapeuta en una clínica. Pero cuando todo sucedió, el trabajo pasó a ser la última de sus prioridades. “Aquellos primeros días están completamente borrosos en mi memoria. Creo que fue mi hermana quien contactó con recursos humanos para informar del fallecimiento y avisarles de que yo no acudiría a mis consultas durante un tiempo”, relata en un post publicado en la edición estadounidense de Forbes. En el texto recuerda agradecida como en su empresa no solo no le pusieron ninguna traba, sino que le dijeron que se tomara el tiempo que necesitara y su jefa en persona la llamó para ofrecerle su apoyo.

Amy Morin puede considerarse afortunada. Porque no todas las compañías muestran la misma sensibilidad con sus empleados. La pérdida de un familiar, un divorcio, una enfermedad… “En esas situaciones la persona se siente especialmente vulnerable y necesita verse arropada por su entorno cercano. Son momentos en los que la empresa se la juega. Porque si el trabajador siente que sus jefes y compañeros no están a la altura de las circunstancias, no lo olvidará fácilmente”, advierte Pilar Jericó, presidenta de Be-Up.

Juan San Andrés, consultor de organización, cree que, en general, las firmas no son lo suficientemente permeables al estado emocional de sus trabajadores. “En las más pequeñas la cercanía personal puede facilitar una mayor sensibilidad. En las grandes menos, aunque desde que el lenguaje empresarial ha incorporado términos como ‘empatía’ o ‘inteligencia emocional’ poco a poco se presta más atención a este aspecto”.

Señales claras:

Baja energía, pérdida de concentración… Son varios los síntomas que indican que un compañero o colaborador está atravesando por un bache personal. “Nos llevamos nuestros problemas a todas partes y eso afecta a nuestro equilibrio emocional. Es fundamental que un jefe sepa captar que a esa persona le está sucediendo algo, que se preocupe y le ofrezca su ayuda”, dice José María Gasalla, profesor de Deusto Business School. Para este especialista la gestión de las emociones no consiste en ponerse una alerta en la agenda para acordarse del cumpleaños de tu asistente. “Tenemos dificultades para manejar emociones. Hay terror a que una persona se nos derrumbe, porque no sabríamos cómo actuar”.

 

Las nuevas formas organizativas como el trabajo por proyectos o el teletrabajo hacen más compleja esa labor de vigilancia. Es necesario desarrollar lo que Pilar Jericó denomina “liderazgo virtual”. “El mando tiene que estar muy atento a las señales. Un tono de voz apagado en una conversación telefónica, una cierta apatía o un retraso en la entrega de un proyecto en un colaborador que nunca se retrasa son indicadores de que a esa persona le puede estar sucediendo algo”, comenta.

Pero no hace falta un caso de vida o muerte para que un trabajador reclame la comprensión de sus empleadores. Quizá sólo sean unas horas libres para hablar con el director del colegio de su hijo porque el niño se ha peleado. “Si es importante para el profesional, que la respuesta de la empresa se limite a esgrimir el convenio o a llevar la cuenta de los días libres es una mala idea”, avisa Jericó.

Según Juan Carlos Cubeiro, responsable de Talento de ManpowerGroup, hay tres momentos críticos en el itinerario de todo trabajador que llega a una organización. “Muchos profesionales se marchan antes del primer año porque sienten que ese proyecto no es para ellos. Otro punto delicado llega a los tres años (1.000 días), porque corren el peligro de acomodarse. El tercero es a los cinco, cuando se replantean su capacidad para reinventarse y seguir aprendiendo”.

Cometer un error es otra fuente de desazón para un trabajador. Especialmente si puede acarrear consecuencias graves para la empresa. La reacción de la organización ante ese traspiés es clave. “Los buenos jefes saben que el error es fuente de aprendizaje y no lo convierten en fracaso, que es lo que te hunde. Los verdaderos líderes saben gestionan la tristeza o la vergüenza de ese colaborador con el trato directo”, explica Cubeiro.

Y es que pocas cosas desenganchan más a un profesional que salir de la oficina con la sensación de que su empresa le ha dado la espalda. Que haya o no vuelta atrás dependerá en buena medida del carácter del afectado. “Hay personalidades muy dependientes de la motivación extrínseca. Si sienten que su empresa les ha fallado perderán el afecto que tenían por ella y les será difícil recuperarlo. Pero aquellos que se motivan más por el trabajo en sí mismo y por las posibilidades objetivas de carrera pueden ser más resistentes a la frustración que les provoque un jefe insensible, indica Juan San Andrés.

Gasalla encuentra un contrasentido que las organizaciones sigan rigiéndose por parámetros del pasado. “Cuidamos el dinero y olvidamos a las personas. Es una paradoja, porque el dinero hoy se puede conseguir con relativa facilidad. Sin embargo, lo más escaso es el capital humano en sus tres dimensiones: tiempo, talento y energía”. ¿Cómo conservarlo? Gasalla recuerda que todas personas tienen unas necesidades que necesitan cubrir: “ser aceptadas, queridas y cuidadas”.

Fuente: Ramón Oliver.

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Aprender a aprender permanentemente

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Desarrollar permanentemente nuestra capacidad de aprendizaje es uno de los retos más complejos con los que nos enfrentamos todos si queremos seguir afrontando con éxito a los retos que nos depara el futuro.

He aquí algunas ideas que yo utilizo y que considero que me son de utilidad.

 

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Quizás puedan extrapolarse de forma general aunque creo que sería bueno que cada uno las adaptara a su propio estilo personal.

 –   Preguntarme constantemente: ¿Qué he aprendido hoy?

–    Revisar lo que estoy haciendo imaginando como serán las cosas en el futuro.

–    Observar e intentar comprender los comportamientos de mis hijos y el de mi nieta.

–    Buscar modelos/referentes intentando reproducir sus comportamientos.

–    Analizar y revisar mis actos analizando sus consecuencias.

–    Aprender de otras personas que han vivido situaciones o contextos similares.

–    Reflexionar sobre mis sentimientos y actitudes.

–    Tomar notas. Ello me obliga a reflexionar y a proponer acciones cara al futuro.

Es evidente que aunque somos probablemente la primera de las generaciones europeas que no hemos vivido una guerra, en contrapartida, somos la que hemos tenido que enfrentarnos a mayores cambios en las formas de comportamiento, de relación etc,

Unos cambios que fundamentalmente generados por el desarrollo tecnológico que se ha producido a lo largo de nuestra vida.

Una generación que hemos estado, estamos y estaremos exigidos a tener que desarrollar permanentemente la capacidad de aprendizaje.

Recordemos que desarrollar nuestra capacidad de aprendizaje es el elemento básico para mantener una buena dosis de empleabilidad a lo largo de nuestra vida.

Suerte para todos.

Fuente: http://pauhortal.net

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