El valor de un equipo: Si quieres llegar pronto, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado

 

Se insiste mucho en hablar de la importancia del equipo a la hora de conseguir resultados excelentes. En la Grecia Clásica, hace ya dos mil quinientos años, se usaba la palabra Areté para hablar de la excelencia en el cumplimiento de una misión. ¿Qué es lo que hace que no los simples grupos, sino los verdaderos equipos alcancen esa excelencia? Para mi son cuatro cosas:

  1. En los equipos, sus miembros se ocupan unos de otros más de lo que es cómodo.
  2. En los equipos, sus miembros se arriesgan más de lo que parece seguro.
  3. En los equipos, sus miembros sueñan más de lo que parece práctico.
  4. En los equipos, sus miembros esperan más de lo que parece posible.

El nivel tan alto de competitividad que un equipo puede alcanzar, solo se logra si previamente se ha creado un ambiente de auténtica y profunda cooperación. Eso es lo que permite que se produzca el encuentro. Al final no es que uno más uno sea más que dos, sino que cuando “los oxígenos” se unen a “los hidrógenos”, surge algo completamente nuevo y que no es predecible en base a las competencias y cualidades de partida. Efectivamente, aunque el agua procede de la unión entre el oxígeno y el hidrógeno, sus características físico-químicas no pueden ser deducidas de sus gases de partida. Tampoco el oxígeno y el hidrógeno reaccionan espontáneamente, sino que precisan de unas condiciones para el encuentro y que en el caso de estos dos gases, son una presión y una temperatura determinadas. ¿Qué es lo que hace que las personas queramos cooperar hasta ser capaces de generar algo nuevo? ¿Qué es lo que nos eleva a este plano de la creatividad en el que surgen nuevas posibilidades? Desde mi experiencia son una serie de elementos que pasaré a describir y que lo que hacen es crear esos lazos afectivos que forman la base imprescindible para luego alcanzar grandes metas:

  1. Interés por las otras personas, por lo que sienten, por lo que necesitan, por lo que anhelan, por aquello que les preocupa.
  2. Agudeza sensorial para captar aquellas pequeñas señales, muchas veces no verbales, y que de alguna manera expresan el tipo de experiencia que está teniendo una persona.
  3. Empatía, capacidad de conectar con el mundo afectivo del otro, no solo desde el intelecto, sino también desde la emoción.
  4. Capacidad de escucha, que no es nada más y nada menos que tener una presencia total frente al otro. Cuando alguien siente que se le presta plena atención, se siente valorado y puede empezar a confiar.
  5. Curiosidad para preguntar, explorar, conocer y descubrir en lugar de simplemente juzgar de forma automática y precipitada, siguiendo nuestros propios modelos mentales, nuestra propia cosmovisión.
  6. Asertividad para expresar el propio sentir, sin deseo de herir, tan solo de ayudar.
  7. Generosidad para dar sin esperar recibir.
  8. Humildad para saber pedir ayuda y también para dejarse ayudar.

Cuando se ha creado esta sólida base de comprensión, valoración y apoyo mutuo, entonces se puede avanzar confiado en pos de las más altas metas. Es aquí donde una visión, algo que inspire al equipo a “ponerse de puntillas”, a estirarse al máximo, hace que mentes y corazones se alineen para alcanzar una meta común.

Todo esto es especialmente relevante en entornos VUCA como el actual tan marcados por la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad. En estos entornos donde la presión es tan elevada, nuestros cerebros tienden a ponerse en modo de hipervigilancia e incluso de alarma, al sentirnos de alguna manera amenazados ante un mundo que ya no nos es ni tan conocido, ni tan familiar. Una persona con un alto nivel de inquietud o de ansiedad no toma decisiones y si las toma, suelen ser poco acertadas. Además a alguien con tanta tensión mental, le cuesta centrarse en lo importante y tiende a distraerse con facilidad. Su inteligencia, su creatividad y su capacidad de aprendizaje se resienten como también lo hace su salud. ¿Será que en los equipos, al sentir todos el apoyo de sus compañeros, al saber que pueden fiarse unos de otros y que si cometen un error en lugar de ser acusados por los demás, estos les van a ayudar a resolverlo, consiguen mantener su eficiencia incluso en entornos de gran presión? Así es y hay una base fisiológica para demostrarlo. La conexión emocional entre los seres humanos produce la liberación en la sangre de una hormona llamada oxitocina, también conocida como la hormona del encuentro. La oxitocina permite que ciertas áreas del cerebro se mantengan alerta, sin que se activen los mecanismos de hipervigilancia y alarma. Por eso, los verdaderos equipos siguen moviéndose de manera inteligente y creativa en medio de la presión.

En un mundo como el actual donde la cooperación es la clave de la adaptación, nos viene muy bien recordar las palabras de Charles Darwin: “No es la especie más fuerte ni la más inteligente la que sobrevive, sino la que mejor se adapta”. Si pertenecemos al 0,1% de las especies que han sobrevivido en este planeta y, según Darwin, la inteligencia no ha sido la causa, entonces tiene que haber otro factor clave que tal vez nos convenga recordar y que yo diría que es la importancia de saber cooperar. ¿Será que un cerebro egoísta que se ve como el centro de una única circunferencia está destinado a desaparecer y que dos cerebros cooperadores que se convierten en los dos centros de algo más amplio, de una elipse, están llamados a adaptarse, sobrevivir y progresar?

Remito al lector y a la lectora a revisar su propia experiencia porque es en ella donde encontrarán algo mucho más íntimo y valioso que lo que les pueda yo transmitir. Tal vez le pueda señalar hacia allí, pero solo usted lo puede llegar a descubrir.

Si los valores son todo aquello que nos perfecciona como personas, quizás sea el interés por el otro, la empatía, la asertividad, la generosidad y la humildad lo que nos mejore como seres humanos y también como especie. Quien se ve así mismo en los demás y quien ve a los demás dentro de sí, deja de tener miedo.

Hoy en día, una empresa que simplemente consiga buenos resultados no parece que pueda aspirar a tener un gran futuro. Sólo las empresas que consiguen resultados excepcionales suelen tenerlo. Difícil entender que se alcancen tales resultados sin contar con las personas  y con su capacidad para formar equipos plenamente comprometidos.

Fuente: Mario Alonso Puig.

C. Marco

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